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domingo, 23 de julio de 2023

Carta y plegaria a Jesús

 Carta a Jesús

San Luis, 22 de julio de 2023




Mi querido Jesús,

Estuve creyendo todo el día que habías faltado a la cita o que yo había perdido la capacidad de sentir tu presencia.

Como en una búsqueda del tesoro, fuiste dejando señales en estos días, para que yo me aventurara en uno de los oscuros pasadizos de mi corazón.

Me encontré una pila de recuerdos desteñidos, un gran charco de lágrimas jamás lloradas y un pozo profundo y apestoso lleno de resentimiento.  Descubrí incluso, mientras comenzaba a limpiar, que el enojo y la frustración aún vivían en mi cuerpo, manifestando síntomas físicos imposibles de controlar.

Y allí, en ese rincón oscuro, detrás de los rostros que yo mantenía condenados, te descubrí sonriente, feliz de que yo hubiera comenzado a aceptar, agradecer y bendecir.

Entonces te escuché decir: ‘Deja de exigirte, deja todo lo que tenías planeado para este encuentro; recuéstate y descansa, que yo guardaré vigilia mientras tu cuerpo expresa lo que habías guardado.’

Gracias por este aprendizaje.

Gracias por hacerme saber que en la oscuridad, tú también habitas y me esperas.

Susannah Lorenzo amándote©

Día de Santo Silencio




Ven Jesús, mi amado amigo,

recuéstate a mi lado

mientras la tormenta pasa,

cuéntame las historias

que ya nadie recuerda,

cuéntame las travesuras

que enojaban a María, 

háblame de las palabras

que tradujeron tan mal,

revélame los secretos

detrás de cada parábola,

hazme reír con las cosas

que a ti te divertían,

cuéntame de tu amor

por María Magdalena,

susúrrame en arameo

para que no olvide tu nombre

y sostén mi mano

hasta que mi cuerpo

por fin se alivie

y el temor sea solo

una palabra vacía.

 

Susannah Lorenzo© / Tejedora de Puentes

Tejedora de Cielos

 Plegaria a Jesús mientras superaba una crisis de hipertensión

Día de Santo Silencio

22 de julio de 2023


martes, 18 de abril de 2023

No olvidamos

No olvidamos.

Apagamos el recuerdo, anestesiamos el dolor, simulamos haber arrancado algunas hojas del libro de nuestra vida.




Si has tenido alguna vez una lesión ósea, sabrás a qué me refiero.  No importa si ha sido un hueso fracturado o un esguince que afectó una articulación, luego de unos años, o incluso unos meses, nos sentimos mejor y olvidamos el incidente.  Hasta que con un cambio de clima repentino, quizá un invierno antes de tiempo o niveles de humedad desacostumbrados, sentimos un dolor en la zona o incluso dificultad para mover ese hueso o esa articulación que alguna vez sanó.  Incluso algunas personas, pueden sentir en sus huesos los cambios de clima antes de que sucedan.

Ahora bien, ¿realmente ese hueso o esa articulación sanaron?  Es decir, quizá dejaron de molestarnos, o logramos recuperar nuestra movilidad y nuestra vida normal, sin mayores consecuencias.  Pero el hueso o la articulación afectada jamás volvieron al punto cero de restauración como si nunca hubiera sucedido nada.  La huella del incidente queda impresa para siempre en el sistema óseo, puede ser un callo sobre una fractura soldada, puede ser una articulación que quedó levemente desplazada en un par de milímetros o incluso puede quedar una deformidad interna que a simple vista no observamos.

Lo que hace el cuerpo es compensar, restaurar para que siga funcionando, crear reparaciones para proteger la zona debilitada o incluso alterar nuestros movimientos (de forma inconsciente) para que no causemos dolor en la zona dañada.  No existe tecnología ni avance médico capaz de regenerar un hueso o una articulación al punto cero; en muchos casos se colocará una prótesis que funcione como si fuera nuestra pieza natural, pero nunca será aquella parte que cambió para siempre.




Sucede lo mismo con nuestras emociones, con los traumas que afectan de por vida nuestros patrones de conducta,  nuestra forma de pensar, vivir e incluso relacionarnos con otros.

Jugamos a olvidar, intentamos hacer borrón y cuenta nueva, creemos que hemos pasado página e incluso, logramos vivir años o décadas sin recordar aquel abuso, aquella experiencia traumática, aquellas emociones humillantes o aquel dolor insoportable que parecía no irse jamás.

Sin embargo, bastará una pesadilla para mostrarnos que nuestro subconsciente guarda más información de la que quisiéramos; alcanzará con una frase o una actitud de otra persona para disparar emociones que creíamos erradicadas de nuestro sistema.  A veces, será algo tan simple como una película en la que el personaje viva lo que nosotros vivimos alguna vez; otras veces, conectaremos desde la empatía con personas que llegan a nuestra vida mostrándonos facetas que nosotros ya superamos, o creímos haber superado.

Quisiéramos poder reformatear nuestro cerebro para no recordar aquello que cada tanto nos perturba.  Pero la memoria emocional no solo está guardada en nuestra mente, deja su huella en nuestros órganos, en nuestro cuerpo, en nuestra piel, en nuestros mecanismos de defensa, en nuestras cicatrices visibles e invisibles o incluso en posturas físicas que alguna vez adoptamos sin darnos cuenta.

Eliminar todo rastro de información crearía un vacío que nos despojaría del aprendizaje que nos ayudó a llegar al lugar donde estamos ahora y a transitar la vida desde una mirada de compasión y sabiduría.  Ya no somos las mismas personas que vivieron aquellos hechos aberrantes o dolorosos, pero  sí somos el resultado de las lecciones de vida y de los recursos que usamos para sobrevivir.




No olvidamos.  Aprendemos a vivir con las heridas, los traumas, las cicatrices, las secuelas y las emociones.  Así como aceptamos que nuestro tobillo dolerá cuando llueva, o el hueso que alguna vez se astilló, nos moleste en invierno; debemos entender que no hay forma de volver al punto cero y ser lo que éramos ‘antes de’.

Esforzarnos por olvidar y no recordar nada puede ser tremendamente peligroso para nuestra salud física, mental, emocional y energética.  Ya sea porque reprimimos las emociones o porque generamos ruido y ocupaciones mundanas para distraer la mente, terminaremos siendo adictos a aquello que nos aleja de una realidad que nunca elegimos conscientemente.  Nos volvemos entonces, adictos al trabajo, a la soledad, a las salidas tumultuosas, a los analgésicos, a las relaciones banales, a la victimización, a los miedos, a las excusas, a la depresión, a la frustración, a la negatividad, al dolor, a la música ensordecedora, a los dulces, al alcohol, a los chismes,  a las drogas, a las relaciones tóxicas, al silencio, al auto boicot, a posponer lo que nos sana, a los desvíos, a las puertas cerradas, a los desquites, a las venganzas, a la enfermedad, a los síntomas y a las historias de sufrimiento.




Retomando la analogía de los huesos, ¿por qué cada tanto el cuerpo nos recuerda que hubo una parte dañada?  Para que seamos precavidos, para que no exijamos a esa zona demasiado esfuerzo, o movimientos que no resistiría.  Es una parte nuestra que debemos tratar con respeto, amorosamente y con cuidado, porque no tiene la misma resistencia o fortaleza original.

Olvidar es negar.  Negar es condenar ese recuerdo a un lugar carente de amor y de luz en nuestra sombra (subconsciente).

Por supuesto, no se trata de victimizarnos una y otra vez, de cultivar el resentimiento, la venganza o la sed de castigo.  Lo que importa es reconocer y aceptar que esa parte vulnerable de nosotros jamás volverá a ser como era y tampoco es sano esperar que así sea.  ¿Cuál fue la bendición oculta?  ¿Qué fue lo que aprendimos?  ¿Qué decisiones tomamos o qué cambios hicimos en nuestra vida que nos llevaron a vivir situaciones bonitas o bendecidas, que de otro modo no hubiéramos experimentado?  ¿Cómo puedo amar y atender esa herida emocional?  ¿Cómo puedo aprender a vivir con ella?




Si yo soy consciente y hago visible en mi interior esa herida o esa cicatriz y la acepto como parte de quien soy ahora, sin rechazo, sin negación, sin vergüenza, sin impotencia y sin frustración; entonces lo que quiera que suceda fuera de mí no me afectará ni me causará dolor alguno que no pueda soportar o que no sepa cómo afrontar.

Olvidar es negar y desear que algo nunca hubiera sucedido.  Ese deseo nos mantiene esclavos, de algún modo, de una paradoja y de un pasado poblado de ‘hubiera sido mejor’ o ‘hubiera sido distinto’.  Esa negación desgasta nuestro esfuerzo y nuestra energía en imaginar escenarios diferentes para un tiempo, un espacio y una dimensión a la que ya no tenemos acceso.

El recuerdo sano y consciente, desde la paz de aceptar lo que sucedió y lo que nunca pudo ser, nos permite la libertad de sentir y vivir plenamente el momento presente; amando lo que aprendimos a ser, sanando lo que aún duele y liberando las expectativas de lo que no fuimos, no somos y no seremos.

Susie©

Se me ha metido el invierno en todos los rincones donde alguna vez me dañaron.

Susannah Lorenzo©

Tejedora de Puentes

18 de abril de 2023

Escritura Terapéutica




jueves, 9 de junio de 2022

Lo que se aprende con el tiempo y la soledad

 


  • Nadie puede amarnos más de lo que nosotras nos amamos.
  • No alcanza con que una sola persona ame.
  • Quien solo pide disfrutar un momento, no merece nuestro tiempo ni nuestras caricias.
  • No vale la pena lanzarse al vacío por alguien que no puede sujetar tu mano cuando caminas por la calle.
  • No alcanza con amar; podemos lastimar si estamos lastimadas y no aprendimos a sanar.
  • El amor no puede inventarse, crearse, fabricarse o contagiarse.
  • El amor se sostiene, se cultiva, se honra, se celebra y se bendice.
  • No hay amores equivocados, hay amores desencontrados.
  • No existen amores imposibles.  El buen amor siempre es posible.
  • Nadie es responsable de lo que sentimos o dejamos de sentir.
  • El Alma sabe más que la razón.
  • Quien no puede besarte con la mirada, jamás podrá acariciar tu corazón.
  •  Lo que más nos asusta del verdadero amor es la imposibilidad de tener el control sobre nosotros y sobre el otro.
  • Las emociones no se controlan, las emociones se gestionan.
  • Cuando elegimos no amar, cerramos nuestro corazón a las bendiciones de la vida.
  • La voz que puede alterar tu latido es la voz que conoce el idioma de tu alma.
  • No es lo mismo amar a una persona con sus virtudes e imperfecciones, que amar lo que esa persona nos hace sentir.
  • Si no podemos vivir en plenitud cuando estamos solas, jamás podremos sentirnos plenas en compañía de otra persona.
  • Cuando recibimos señales confusas, es una clara señal de que no hay amor del bueno.
  • No puedes salvar a nadie, solo puedes amarlo.
  • No es nuestra misión rescatar a nadie de sus propios demonios y pesadillas.
  • La cercanía no se mide en kilómetros ni en desnudez. El buen amor te alcanza y te toca aunque estés al otro lado del océano.
  • La verdadera intimidad es un espacio invisible donde dos corazones se encuentran y desnudan su alma.
  • El buen amor no duele; lo que duele es la necesidad insatisfecha de que el otro nos de algo que no puede darnos; lo que duele es la lucha entre nuestra razón y nuestro corazón; lo que duele es no coincidir en tiempo y espacio.
  • Quien te trata como una opción, no merece ser tu prioridad.
  • Nos hacemos el tiempo para  lo que verdaderamente nos importa.
  • Prestar atención es un gesto de amor.
  • No siempre ‘escuchamos’ lo que nos dicen, muchas veces interpretamos lo que queremos oír.
  • No puedes amar a quien no está dispuesto a ser amado o elige no  sentirse amado.
  • El amor no se justifica, no se explica, no se mide, no se dosifica, no se cuestiona, no se condena, no se esconde, no se entierra, no se posterga.   



  • La única forma de encontrar el buen amor y reconocerlo, es Ser Amor.
  • Siempre que nos defendemos o nos protegemos (consciente o inconscientemente), creamos muros de espinas que lastiman a quien intenta acercarse.
  • El buen amor no se olvida, jugamos a dibujar nuevas realidades, pero el buen amor será siempre parte de lo que somos y bastará un desvío del destino para recordarnos los jardines olvidados.
  • El  enamoramiento y el amor son diferentes; la pasión y el amor pueden complementarse pero no son lo mismo; el erotismo y la sensualidad son formas del lenguaje del amor pero también pueden ser dialectos del ego; el apego y la comodidad no son lo mismo que el amor.
  • El amor no avisa, no te prepara, no te da tiempo a reaccionar, no admite estrategias ni manipulaciones; el amor te sorprende, te coloniza, te puede, te supera y te trasciende.
  • El amor no suplica, no mendiga, no humilla, no se vende y no se alquila. 
  • No tiene sentido esperar a quien no tiene apuro por llegar.
  • El Amor Es.
  • Los versos que un hombre enamorado escribe en nuestro corazón amante, jamás se borran.
  • Los susurros que nuestras Almas comparten cuando estamos distraídos amando, serán parte del eco que nos despierte cuando estamos dormidos.


Susannah Lorenzo©

Bella durmiente a los 57.

No espero, no busco, no ansío y sin embargo, bastaría un beso en la frente y la palabra correcta para arrebolar mi corazón.

Art: Chie Yoshii

martes, 8 de marzo de 2022

Recuerdos difusos

 

Que en algún momento, la dulzura de los abrazos pueda más que la amargura de las frustraciones; que la ternura de las caricias pueda más que el dolor de las heridas; que el eco de tu risa te devuelva el recuerdo de los momentos bonitos y encuentres en tu corazón todas las semillas dormidas del amor que te mantuvo con vida.

Amor de Madre 2022

Mientras insistas en recordar solo lo que causó tus heridas, te perderás de todo aquello que alguna vez llenó tu corazón de colores.



Pepino, el payaso, fue una de mis maneras de amar intensamente.  Estaba convencida de que estaba sembrando y creando experiencias y momentos bonitos en sus vidas.  Llevaba horas de preparación y trabajo junto con todos los detalles de cada cumpleaños, hecho a mano (incluyendo la tarjeta de invitación y los juegos que hacíamos).  Luego, al día siguiente, no tenía fuerzas ni voz, pero me sentía plena.

Curiosamente, todo lo que sucedió en los últimos años de nuestra vida juntos, pareció opacar o borrar todo lo bueno.  Tristemente, solo queda en sus mentes la frustración, el dolor, el trauma y la carencia.  Contrariamente a lo que sucede en la mayoría de las personas, que borran de su mente todo lo malo, ellos parecen haber elegido recordar solo los errores, solo el dolor, solo la separación, solo el fracaso, solo el nido destruido y los sueños hechos añicos.

Me cuesta aceptar que no guardan recuerdos bonitos, que nada de lo compartido antes del tornado, los haga sonreír y sentirse amados.

Susie adolorida

Cada tanto, la costra del tiempo se cae y queda al descubierto una herida que aún sigue doliendo.



viernes, 19 de noviembre de 2021

¿Cuánto dura el dolor?

 He sido mujer de apurar los procesos, acortar las agonías, arrancar de cuajo, enterrar bajo lápidas de mármol y someterme a sobredosis de anestesia emocional, para empezar a fojas cero, borrando etapas completas de mi vida.

Si, la paciencia no es algo que se me dé naturalmente. Es algo que trabajo y cultivo, pero no me gusta alargar el sufrimiento y mirarme la herida todos los días.

No es sano; no es recomendable. Es altamente peligroso y los efectos colaterales pueden crear enfermedades o distorsionar nuestra percepción de la realidad.




Desde el 02 de mayo, día en que me despedí de Blackie, han pasado más de 7 meses.  Mi mente cree que a esta altura ya debería haberlo superado.  Cuando una foto suya (de esas que me recuerda Facebook) hace brotar lágrimas en mis ojos, me pregunto hasta cuándo, ¿cuánto durará el dolor?  ¿Cuánto tardará en sanar la herida?

En mis esfuerzos por desapegar mi energía, dejarlo libre y desear que pueda encontrar amor y alegría y un espacio divertido donde vivir su vida tan mágica y sabia; a veces hago como si no hubiera sido un duelo importante, una separación de esas que te dejan ahogada en lágrimas y el corazón partido en dos. 

Uno de los gatos vagabundos insiste, es el que tiene el cuerpo negro y algunas manchas blancas cerca de su cara.  En realidad, no sé si es él o ella.  No comprende mi hostilidad forzada, es como si supiera que en el fondo de mi corazón, me encantaría ignorar las prohibiciones y reclamos de los dueños.  No solo se instala debajo de la escalera y maúlla como llorando; sigue usando las escaleras de mi departamento como pasaje al techo del galpón vecino y además, desde ese techo se sienta y me mira.  No importa si lo miro por la ventana o abro la puerta, no se mueve, me mira fijo y hacemos una competencia de miradas intensas.  Es como si quisiera decirme muchas cosas.  Sostiene la mirada un largo rato.  Generalmente, soy yo la que gana, luego de silenciosamente pedirle que se vaya y explicarle que nada puedo hacer por él, sin tener problemas.

Hoy estuve buscando un lugar donde conseguir un par de sahumerios para poder retomar las sesiones de Tarot.  Di muchas vueltas, hasta que recordé que en una de las caminatas, había visto un cartel estilo brujil frente a la plaza.  El lugar era extraño, al menos, donde me hicieron pasar, una especie de garaje con decenas de atrapa-sueños gigantes tejidos a crochet y bidones enormes para vender productos de limpieza.  En un rincón, una gatita descansaba.  Bastó que la dueña fuera a buscar unos conos para sahumar, y ella comenzó a saludarme, restregarse entre mis piernas e incluso mirarme como pidiéndome que la alzara en mis brazos.  Daba vueltas entre mis piernas como si me conociera o como si reconociera la Bruja Azul.

Sigo deseando que Blackie haya sabido encontrar un buen lugar, gente amorosa y con la sabiduría suficiente para comprenderlo.




Esta falta de relación amorosa me afecta.  No tengo plantas (debería), no puedo tener mascotas, ni relacionarme con los gatos del vecindario, no comparto tiempo con otras personas y toda mi vida se ha vuelto solo un Puente virtual.

Cuando me siento triste y me duele el pecho, imagino que éste es apenas un lugar temporal, que me voy a vivir a la villa ecológica de Las Dalias o un lugar con un poco más de espacio y libertad.

Hoy, después de estar encerrada 11 días, he disfrutado caminar, el sol casi de verano y la vista de las sierras con tintes verdosos.

¿Cuánto tiempo me dolerá Blackie?  Solo Dios sabe.  Deseo de corazón, que yo ya no le duela a él y haya perdonado mi ‘abandono’ forzado.

Susie

Amores desencontrados

Amor no ejercido


martes, 9 de noviembre de 2021

Anestesia

La anestesia es peligrosa.
Una se desconecta de las emociones para no sentir dolor.
Cierra el corazón, hace 'como si'...

La mente sale airosa: olvida, ignora fechas especiales, anula necesidades, ejercita el desapego.

El cuerpo, sin embargo, jamás olvida, guarda huellas y cicatrices, almacena sensaciones y procesa lo que nuestra sombra calladamente archiva.

Entonces un día, el agobio nos gana, una rara tristeza nos despierta en la mañana, un desgano se apodera de nuestra agenda y nada parece brillar en nuestro cielo.

Hoy es 9 de noviembre y un recordatorio digital me ha sacudido en la cara que mañana es 10 de noviembre, un día que durante gran parte de mi vida, fue celebración de milagros.

Mañana se cumplirán 34 años de tu decisión inquieta de llegar anticipadamente a este mundo.

Sigo celebrando el milagro de tu vida.
Sigo bendiciendo tus dones, tu risa, tu corazón y cada uno de tus gestos.
Celebro en la distancia, saberte viva.
Rezo en la distancia porque la Paz un día te habite, las tormentas se disipen y tus guerras ya no te gobiernen.

Cuando un hijo nos declara muertos en vida; a veces, nos dejamos morir un poco. Dejamos de ejercer, de sentir, de necesitar, de pedir, de añorar. Nos corremos, nos hacemos invisibles, hacemos silencio, y de algún modo, nuestro corazón deja de latir como lo hacía. 

Debería alcanzarme con que estés llena de vida y salud.

No me alcanza.

Una parte mía te sabe llena de odios y furias.
Una parte mía te siente llena de esquirlas.
Una parte mía sabe que en el abrazo que rechazas y en el nombre que niegas, hay un dolor tan grande que solo Dios puede enseñarte a sanar.

(Darme cuenta que había olvidado mentalmente una fecha tan importante, de algún modo me asusta. Hay algo mucho más terrible que el dolor extremo: no sentir absolutamente nada.)


miércoles, 17 de marzo de 2021

Adagio en dolor sostenido

 


Nos endurecemos

nos enquistamos

nos enfadamos

nos amargamos

nos apagamos

y nos agotamos,

aferrados al dolor

de la injusticia

que creemos no merecer.

 

Nos paraliza el miedo

de lo que no se controla

de lo que no se anticipa

y lo que no se conoce,

de lo incierto

y de lo efímero.

 

Dejamos de reír y bailar,

perdemos la ternura

nos quedamos sin dulzura

olvidamos el placer

y nos clavamos cruces

en el pecho

para perpetuar la agonía

de lo que no llega,

lo que se fue,

lo que no está,

lo que nunca será

o lo que fue arrebatado.

 

Nos cargamos de culpas

ajenas y propias,

de juicios y prejuicios

de turbaciones y deudas,

de delirios y espejismos.

 

Mientras tanto,

la vida se deshace

como arena entre las manos,

burbujas de jabón

de una niña dormida en el desván,

palabras que callamos,

gritos que guardamos,

lágrimas que ahogamos,

sal que nos convierte en desiertos,

silencios donde naufragan los sueños,

ataduras que nos laceran el alma,

heridas que pueblan el horizonte

y enceguecen la visión.

 

Mientras tanto,

alguien se duerme sin nuestros besos,

alguien espera una caricia,

alguien aguarda el amor que perdimos,

alguien nos mira sin ser visto,

alguien respeta nuestra distancia,

alguien confunde nuestro enojo,

alguien desconoce nuestro silencio,

alguien se pierde de nuestros colores,

alguien se priva de nuestra ternura,

alguien suspira mientras la música

dormita y el tiempo se acaba.

 

Soledad Lorena©

Tejedora de Palabras

Susannah Lorenzo

Tejedora de Puentes

 

17 de marzo de 2021

01:13 de la madrugada

Mozart Effect en mis auriculares para calmar el estrés, una neuralgia de tres días y bajar la hipertensión que azota mi cabeza.

Blackie descansa muy cerca, lleva días con los ojos tristes; hace tiempo que no le dedico un momento para mimos o juegos.  El apenas si me mira paciente y espera.

¿Será que podremos disfrutar cuando todo se solucione?

¿O será que tenemos que disfrutar para que todo mejore?

Llevo tanto tiempo tratando de estar bien, que las pocas lágrimas que la música logra liberar, duelen y queman en mis ojos como un río de sal.

Susie asustada y abatida

(Tanto que resolver, tantos intentos fallidos; no saber dónde podemos habitar y crear desequilibra todas las emociones.)

sábado, 11 de enero de 2020

Escape

Una quiere ir allí donde los rostros cotidianos no te recuerden la medida del dolor.

Una desea armar valijas y mudarse  a un sitio donde la soledad se calcule por cantidad de habitantes desconocidos.

Una cree que la distancia y el destierro nos ayudan a lidiar con las astillas en el pecho.

Sin embargo, Dios siempre encuentra otro espejo, otro nombre y hasta perfecciona sus pruebas y desafíos, para mostrarte que aún la persona más inofensiva, puede con un gesto de compasión despertar tu decisión de sufrir.

Susie
Alunada y eclipsada
© Derechos reservados
Susannah Lorenzo
Tejedora de Puentes



viernes, 3 de enero de 2020

Madre Doliente

“Si sufres es que estás dormido.  Me dirás que el dolor existe.  Si, es verdad que el dolor existe, pero no el sufrimiento.  El sufrimiento no es real, sino una obra de tu mente.  Si sufres,es que estás dormido porque, en sí, el sufrimiento no existe, es un producto de tu sueño; y si estás dormido verás a un Jesús dormido, que tú te has imaginado, que nada tiene que ver con el Jesús real, y eso puede ser muy peligroso.”
Anthony De Mello


Creo que muchas mujeres sufrimos el síndrome de la Virgen María; pero no somos la Madre María y nuestros hijos no son Jesús el Nazareno.

Si bien es cierto que Jesús ya estaba grande para decidir qué hacer con su vida a los 33 años (y los 33 de antes, no eran como los de ahora), creo que María lloraba al pie de la cruz por el dolor físico de su hijo pero también porque como madre, ya no podía tenerlo junto a ella.

De ahí heredamos la Madre Doliente, y toda buena madre se jacta de haber llorado y sufrido por sus hijos.

¿Qué hubiera sido de la historia si María se hubiera ido a hacer yoga con sus amigas o se hubieran tomado algún vino en una boda mientras Jesús sufría las consecuencias de su propia elección?

El dicho 'llorar como una Magdalena' viene de que María Magdalena también lloró al pie de la cruz el amor por su maestro.

Cuando nuestros hijos son pequeños, es normal y natural que toda nuestra energía se ocupe de ellos, sus emociones nos invadan como si fueran propias y nuestros ritmos de vigilia dependan de su respiración.

Prolongar esa relación y esa simbiosis más allá de los 20 y de los 30 es crear una co-dependencia que destruye alas y desdibuja la misión que cada quien trae a esta vida.

Hubo un tiempo en el que yo disfrutaba ser esa madre doliente capaz de sufrir intensidades de dolor inimaginables.  Pero ni el éxtasis del dolor más magnánimo puede garantizar la felicidad de nuestros hijos y mucho menos la nuestra.




“El dolor nos lleva a buscar las causas de las cosas, mientras que la felicidad induce a la tranquilidad y a no volver la mirada atrás.”
Stefan Zweig

A medida que mis hijos se acercaban a los 33, yo me sentía más cerca de María y pensaba que mi abnegación merecía mi parte del cielo.  Había perdido el gozo de ser madre y la alegría de estar viva.

Sigo presintiendo y sintiendo sus emociones como si fueran mías pero elijo mantenerlas fuera de mi corazón para poder respirar, para poder ser y volar libre para manifestar mi esencia en este planeta y ser Yo, además de ser la madre de mis tres hijos (34, 33, 32).

Mientras los criaba, intentaba siempre que fueran libres, que pudieran elegir su religión, profesión o modo de vida.  Creo que mi cuento de madre feliz no imaginaba que la libertad también implicaba la libertad sobre cómo sufrir o como aprender.

Históricamente, vengo de una familia de mujeres dolientes que han muerto tristes y enfermas, algunas enojadas y otras abnegadas y resignadas; pero ninguna plena y feliz, satisfecha con su vida como mujer.  Y esas mujeres a su vez, decretaron que sus hijas debían sufrir tanto como ellas para que supieran lo que era ser una buena madre.  Y los hijos y las hijas debían acompañar a sus madres en sus amargos finales porque ellas habían renunciado a todo para ser sus madres.

“Cada uno es tan infeliz como cree.”
Giacomo Leopardi

Ya saben, soy escritora y me gustan las metáforas.  Si mis hijos van y se consiguen la madera, construyen una cruz en el fondo de su casa y le guiñan el ojo a un par de Romanos (en todo pueblo o ciudad son fáciles de encontrar) para que les claven un clavo cada día; y además se quejan porque no les pusieron una corona de espinas, pues no, ya no...

Elijo no ser la madre doliente porque es la suerte que cada quien se ha fabricado y construye afanosamente a diario.

Cuando era pequeña, no podía elegir qué hacer; estaba ocupada en tareas de buena hija de madre doliente.

Cuando el padre de mis hijos no se hizo cargo y yo debí criarlos sola (sin tener aún la edad de Cristo) mi mundo eran mis hijos y este acto heroico me ponía más cerca de Dios y del papel de Madre María.

Este estoicismo y esa fuerza descomunal que generaba como madre, suponía yo, me garantizaría que mis hijos fueran personas felices y libres.


La libertad sin sabiduría nos aleja de Dios.La sabiduría sin amor es apenas conocimiento.La libertad y el conocimiento inventan Judas en aquellos corazones donde Dios no habita.

Quiero servir a Dios en alegría y gozo.
Quiero disfrutar el tiempo que me queda, haciendo lo que me gusta, sin sufrir cada día por decisiones ajenas o zambullirme un rato en el caldo de las penas para ser solidaria con quienes sufren  las consecuencias de sus elecciones; quienes viven la vida que eligieron o aceptaron vivir.

“La felicidad es como una puerta que se abre hacia adentro y para abrirla, hay que dar humildemente un paso atrás.”
Sören Kierkegaard


Elijo ver a María Madre y a María Magdalena compartiendo charlas sobre el carácter de Jesús, transmitiendo sus enseñanzas y riéndose de sus defectos.  Me las imagino celebrando cada pequeño milagro cuando en su nombre caminaban los pueblos y cruzaban mares después de que El eligiera entregar su vida por toda la humanidad.

Elijo no sentir culpa por cada momento de placer o felicidad.

Es siempre más fácil encontrar razones para sufrir que para ser feliz.  Tendemos a creer que hay que sufrir mucho para después conseguir el pase a la felicidad.

Creemos que nuestra tarea es llegar a Ser Santos y que para eso hay que vivir en perpetua agonía.

“El que seas feliz, se lo debes a Dios; el que continúes siéndolo, te lo debes a ti mismo.”
John Melton


Me quedo dormida sobre el cuaderno.  María aparece envuelta en luces, sonríe con desgano y me toca la cabeza con pena.  Se despoja de su manto y  lo anuda alrededor de mi cintura como una falda.  Se quita la sandalias y se suelta el cabello.  Mira mi pequeña heladera vacía, hace una mueca y chasquea los dedos.  Una heladera llena de alimentos sanos preside ahora mi cocina.

Busca dos copas y sirve un vino dulce color carmín.  Me invita a brindar.

--Bailemos un rato y en uno de los giros te contaré el secreto.-- Me susurra con picardía.

Una música desconocida de mandolinas, cítaras y timbales impregna el aire mientras nuestros pies se mueven sobre una alfombra de pétalos de rosas.

Hoy he conocido a la Virgen Danzante.



Oh Dancing Mary, show me the way to joy.
Oh Dancing Mary, show me the way to joy.
Oh Dancing Mary, show me the way to joy.

Soledad Lorena
Tejedora de Palabras
Susannah Lorenzo
Tejedora de Puentes
© Derechos Reservados
27/28 de diciembre de 2019

“El secreto no está en qué tanto sufrimiento se tolera, sino en cuánta alegría se siente.  La vida está llena de excusas para sentir dolor, excusas para no vivir en plenitud, excusas, excusas, excusas...”
Erica Jong

jueves, 21 de junio de 2018

Ensayo sobre el dolor


No nos conmueve el dolor, sino que nos moviliza el morbo.

Impacta un cuerpo desmembrado, una persona con deformidades evidentes, un rostro desfigurado por quemaduras o un miembro amputado en trágico accidente.

  
Pero el dolor interno e invisible no puede fotografiarse, no puede publicarse, medirse o demostrarse.  Aquellas personas que sufrimos de enfermedades crónicas  y convivimos con el dolor en menor o mayor grado; nos sentimos muchas veces avergonzadas de tener que explicar, fundamentar y demostrar la magnitud de nuestro dolor físico.

Acaso, ¿no pasa lo mismo con los duelos emocionales?  Todo lo que no se puede mirar, le parece al otro que es sólo una exageración, un delirio de nuestra sensibilidad o simplemente una forma vergonzosa de victimizarnos.

En realidad, el verdadero dolor del otro nos asusta, lo desconocemos, somos incapaces de escuchar, atender y creer aquello que es ajeno a nuestra realidad.

Del dolor hay que deshacerse rápido, tenemos que demostrar que somos capaces de superar racionalmente y civilizadamente nuestra crisis física o emocional.

Si vamos por el camino de la medicina tradicional, queremos una pastilla o una inyección que en menos de 24 horas nos deje como nuevos.

Si transitamos el camino de las terapias holísticas, creemos que con un par de meditaciones y diez respiraciones, todo se arregla.

Si predicamos alguna religión, el sufrimiento tiene seguramente alguna implicancia que nos beneficia, nos hace más buenos, nos purifica y hasta nos santifica.  Así que, ¡a sonreír que es apenas una bendición!…

Si de penas y turbaciones se trata, hay que fingir ‘cordura y compostura’ o acudir prontamente a un psicólogo que intente convencernos de que todo está en la mente, el alma no existe y el corazón es sólo un órgano físico.


El que está del otro lado, se asusta, se burla, se asombra, se aleja, se vuelve indiferente o simplemente deja de preguntarnos cómo estamos.

El dolor físico agudo, crónico e intenso comenzó en mi adolescencia; casi en la misma época que comenzaron mis etapas de penas insoportables y tristezas innombrables.  Siento, que no fue una coincidencia.

Una se acostumbra, por así decirlo, hasta que el umbral se corre en la escala, y ya dejamos de medir o cuantificar.

Cuando la herida es externa, hay cuidados extremos, cirugías estéticas, ungüentos para restablecer la apariencia y fisioterapia para recuperar la capacidad de jugar y bailar.

Cuando la herida es interna, la archivamos en algún rincón oscuro, esperando a que el tiempo, todo lo cure.  Y en esa sombra desatendida, la herida se agiganta, se pudre y un día encuentra la fuerza para destrozar nuestras lápidas.

Cuando las enfermedades son visibles, hay un cuidado extremo por mantener el funcionamiento correcto de cada una de nuestras partes, evitando por supuesto parecernos a bestias sin espejo.

Cuando las enfermedades son invisibles, se desconocen energías, emociones, meridianos, chacras y el equilibrio perfecto que existe entre cada órgano y cada sistema.  Se extirpan órganos, se recortan achuras con menos cuidado que el carnicero del barrio cuando corta las milanesas.  Se manipulan los tejidos con la misma pericia que un médico forense.  Aquello que no funciona se descarta y termina en un tacho de basura para alimentar a los perros de la calle.  Lo que ya no funciona, se reemplaza con un pedazo de plástico, un tubo, una bolsa o un pañal descartable.


Dolor crónico es aquel que tiene una duración mayor a seis meses, en algunas enfermedades pueden ser años.  En muchos de los casos con dolor crónico, puede haber crisis con dolores más intensos de lo normal.  Esas crisis pueden aparecer cada tres o cuatro meses, y pueden durar varios días. Si ese es el caso, es mejor inventar una gripe, una intoxicación alimenticia o una enfermedad contagiosa.  En esta sociedad, una crisis de dolor invisible no justifica que una persona no pueda trabajar o siquiera cocinarse un plato de comida, durante varios días.

En una crisis de dolor, uno puede rezar, meditar, escuchar música relajante, hacer ejercicios de respiración, dar mil vueltas en la cama hasta encontrar una posición que minimice el dolor y volver a rezar hasta que un poco de sueño nos adormezca los sentidos.  Uno sabe que pasará, que tarde o temprano pasará y podremos estar de buen humor, cocinar y trabajar con todas las luces encendidas de nuestro cerebro.  Mientras tanto, una aprende a respetar el cuerpo, sus tiempos y sus necesidades, cierra la persiana y deja que allí afuera sigan murmurando: “¿otra vez?”   “tenés que ponerte bien”, “no podés estar otra vez así”.


No hay una medida para el dolor.  No hay comparación posible para determinar si hay un dolor peor que otro.  La persona que sufre porque su corazón ha sido destrozado, despojado, mancillado o sacudido por uno de esos terremotos que no dejan nadie en pie, no necesita que otra persona le diga que podría haber sido peor, que hay males peores, que hay dolores más graves, que hay perdidas más feroces.  En ese momento, para esa persona, la sensación de dolor, impotencia, vacío y desazón al enfrentarse a lo inevitable, es única.  Y la magnitud no sólo depende del hecho exterior sino de la sensibilidad de la propia persona, del apego, de las proyecciones y de los sueños que estaban ligados a la catástrofe, por así llamarla.

No se puede entender ni aún menos comprender lo que no se ha vivido, lo que jamás ha sido parte de nuestras experiencias.  Se puede imaginar pero por sobre todo se debe respetar.

Si ves una persona devastada, si me ves lidiando un dolor que no se puede explicar pero que transmuta y se transforma con el tiempo siguiendo patrones inesperados, si ves a alguien que se siente y se ve como un montón de esquirlas luego de la explosión…

Entonces, no intentes juzgar o entender, no pidas explicaciones, no compares, no intentes medir, no creas que puedes imaginar la magnitud porque no lo harás.  Simplemente prepara una taza de té, siéntate a su lado, desde tu corazón apoya tu mano en la suya, luego en su hombro y si ves que llora, abrázala para que sus pedazos no se vuelen con el viento.

No te apresures, no esperes curas milagrosas ni mejorías instantáneas.  Cada persona tiene un tiempo y en ese tiempo lo más sano es tomarse el momento y lugar para dejar correr el río, para gritar si hace falta, para dormir por semanas, para vestirse de pena y alejarse del mundo.  Porque si eso no se hace, tarde o temprano, el dolor que no se expresó y no se vivió, se volverá tóxico, como un agua estancada que nos consume poco a poco.



Susana Lorenzo ©
Soledad Lorena
Derechos Reservados
21 de junio de 2018







Esperame al otro lado de la nube negra

Notas técnicas sobre el dolor:

Existe una ONG en inglés llamada ‘But you don’t look sick’, (no te vez enfermo), donde se agrupan, personas con enfermedades como endometriosis, lupus, fibromialgia, fatiga crónica y otras más.  Es un espacio donde se comparten experiencias, consejos, tratamientos, vivencias y por sobre todo, es un espacio donde se puede andar sin antifaz, sin temor a ser juzgado, criticado, condenado, segregado, discriminado o humillado.

“Técnicamente hablando, Definir el dolor y hacerlo de tal manera que resulte una definición de aceptación “unánime”, resulta un proceso complejo y, se podría decir, se trata de “un imposible. Sólo quien lo sufre sabe lo que siente y no existe medio humano ni científico por el que se pueda transmitir a otros todos los detalles, matices y sensaciones que acompañan a la experiencia del dolor.El dolor crónico es percibido por quien lo sufre como “inútil”, pues no previene ni evita daño al organismo. Las repercusiones más frecuentes en la esfera psicológica implican ansiedad, ira, miedo, frustración o depresión que, a su vez, contribuyen a incrementar más la percepción dolorosa. Las repercusiones socio-familiares, laborales y económicas son múltiples y generan cambios importantes en la vida de las personas que lo padecen y sus familias: invalidez y dependencia.  La necesidad de uso de fármacos con que aliviar el dolor, se convierte en un factor de riesgo potencial de uso, abuso y auto prescripción, no sólo de analgésicos, sino también tranquilizantes, antidepresivos y otros fármacos.” UCPD Segovia



viernes, 14 de marzo de 2014

Sobre el dolor y la compasión


Dolor

No hay una medida para el dolor.  No hay comparación posible para determinar si hay un dolor peor que otro.  La persona que sufre porque su corazón ha sido destrozado, despojado, mancillado o sacudido por uno de esos terremotos que no dejan nadie en pie, no necesita que otra persona le diga que podría haber sido peor, que hay males peores, que hay dolores más graves, que hay perdidas más feroces.  En ese momento, para esa persona, la sensación de dolor, impotencia, vacío y desazón al enfrentarse a lo inevitable, es única.  Y la magnitud no sólo depende del hecho exterior sino de la sensibilidad de la propia persona, del apego, de las proyecciones y de los sueños que estaban ligados a la catástrofe, por así llamarla.

No se puede entender ni aún menos comprender lo que no se ha vivido, lo que jamás ha sido parte de nuestras experiencias.  Se puede imaginar pero por sobre todo se debe respetar.

Compasión
Digamos que alguien mira hacia una planta que se encuentra en un vaso dentro de la casa. Por el  mirar compasivo, en vez de observar  si gusta de ella o no, se pregunta, ¿cómo se  sentirá ella, sin la luz del sol, el  agua de la  lluvia y sin sus plantas amigas y compañeras?

"(...) Mirar al  otro y  ver  qué afecta la existencia de él, para nosotros manifestarnos de forma positiva, para remover los obstáculos, eso es compasión. Para promover las cualidades positivas, eso es amor.”
Lama Padma Samten

La compasión tiene dos componentes. Es entender el sufrimiento ajeno y es desear aliviarlo. La compasión es empatía y solidaridad. 
Cuando alguien te hiere, tienes dos opciones. Una es enojarte y sentirte agredido, contárselo a todo el mundo y retornar el mal que te hizo la persona. La otra es intentar ponerte en sus zapatos, tratar de entender por qué actuó así la persona. 
La primera manera es la más satisfactoria en el momento. La segunda manera es más difícil, pero tiene una gran ventaja: te ayuda a dejar ir el dolor al comprender que las acciones agresoras de otras personas vienen de su propio dolor. 
También pone fin a la situación y te da fuerza para tomar acciones positivas que los liberen a ambos de más dolor. 


Lo Inevitable

El dolor que nos traspasa hasta despojarnos de todo, aquel que nos abre heridas en carne viva, es siempre causado por lo inevitable.


- No sabes lo que dices. – respondió el ángel. – No existe la tragedia, sino lo inevitable. Todo tiene su razón de ser: sólo necesitas saber distinguir lo que es pasajero de lo que es definitivo.- ¿Qué es lo pasajero? – Preguntó Elías.- Lo inevitable.- ¿Y lo definitivo?- Las lecciones de lo inevitable.La quinta montaña – Paulo Coelho

Si ves una persona devastada, si me ves lidiando un dolor que no se puede explicar pero que transmuta y se transforma con el tiempo siguiendo patrones inesperados, si ves a alguien que se siente y se ve como un montón de esquirlas luego de la explosión…

Entonces, no intentes juzgar o entender, no pidas explicaciones, no compares, no intentes medir, no creas que puedas imaginar la magnitud porque no lo harás.  Simplemente prepara una taza de té, siéntate a su lado, desde tu corazón apoya tu mano en la suya, luego en su hombro y si ves que llora, abrázala para que sus pedazos no se vuelen con el viento.

No te apresures, no esperes curas milagrosas ni mejorías instantáneas.  Cada persona tiene un tiempo y en ese tiempo lo más sano es tomarse el momento y lugar para dejar correr el río, para gritar si hace falta, para dormir por semanas, para vestirse de pena y alejarse del mundo.  Porque si eso no se hace, tarde o temprano, el dolor que no se expresó y no se vivió, se volverá tóxico, como un agua estancada que nos consume poco a poco.

Susie©
Marzo 2014