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viernes, 21 de octubre de 2022

Ganas de curarse

¿Qué tantas ganas tengo de curarme?

Debo realmente tener muchas ganas de curarme y estar dispuesta a ello, porque acabo de prepararme una gran jarra con una tisana de ajenjo (artemisia amarga o hierba santa), salvia y diente de león (Taraxacum officinale o achicoria amarga).




En realidad lo que hice fue buscar en mi alacena lo que tenía disponible para lidiar con el hígado y la vesícula que colapsaron el lunes pasado y hoy me han mostrado una piel muy amarillenta en el espejo.    Como la heladera y la billetera están vacías, no está siquiera la opción del  té de limón o de comprar algún suplemento o medicina en la farmacia.

La tisana es tan amarga que luego no sientes más que ese sabor en tu boca.  Creo que el pote con ajenjo estaba ahí desde un episodio similar que tuve hace un par de años, esa es una de las hierbas que  más evito porque es solo para valientes.  ¿Acaso el dolor no es solo para valientes?

Imagino que los productos farmacéuticos nacieron no solo como una manera de simplificar la medicina natural (ahorrando tiempo para quien consume los medicamentos), sino como una manera de evitar sabores desagradables.  Es que te tomas una cápsula o una pastilla y ni siquiera sabes lo que estás tomando, porque solo tiene gusto a talco o plástico.

Los remedios más eficaces de la naturaleza son los más amargos, los que huelen más desagradable o los que tienen apariencia o textura que no te tientan a probarlos.  En la vida es así, aquello que nos cura y nos sana, no es lo más bonito, lo más dulce o lo más agradable.  Aquello que necesitamos para curarnos o ayudar a alguien a sanarse es terriblemente amargo, doloroso o desagradable.




¿Por qué tengo tantas ganas de curarme?

Porque mi salud viene desequilibrada desde el 23 de septiembre, primero fueron las vías respiratorias y después bajó  al hígado, la vesícula y los riñones; para alguien que convive con enfermedades crónicas y que ya tiene los órganos averiados, no es algo fácil de resolver o equilibrar.  Sentirme enferma no es algo que disfrute y menos aún cuando me impide crear, trabajar, aprender, estudiar o simplemente ver lo bonito de la vida.

Sería mucho más fácil y agradable correr a la farmacia del barrio y conseguir un par de medicamentos encapsulados.  Por alguna razón, que solo Dios sabe, no es posible en este momento, entonces, no queda más que usar La Botica de Susie, preparar tisanas, trabajar con afirmaciones y códigos sagrados.  Después de todo, si hubiera estado disponible la solución fácil, no estaría escribiendo esto.


Art: Sophie Gaiman


¿Cómo ayudamos a alguien a curarse o sanarse?

Siempre digo que el verdadero proceso de curación o sanación sucede cuando la persona padeciente es parte activa en el proceso y elige cambiar hábitos y hacer algo para sanar.

Lo he contado en mi canal, mi primer experiencia con un curandero real y sabio, fue cuando mi hijo llevaba tiempo sin superar el problema pulmonar que le había quedado como secuela luego de una encefalitis y neumonitis.  Los antibióticos y los tratamientos médicos solo destruían su sistema inmunológico y cada vez estaba más débil y respiraba peor.  Si yo retiraba los antibióticos, no había episodios de fiebre, por lo tanto estaba segura que su pulmón estaba lleno de residuos acumulados durante su internación de 21 días.  El curandero lo observó detenidamente y luego lo miró a los ojos y le dijo: si quieres curarte, tendrás que tomar cosas muy feas.  Mi hijo que solo tenía 4 años, dijo con mucha determinación que estaba dispuesto.  Acudíamos a su consulta dos veces a la semana para imposición de manos, pero cada día, mi hijo debía ingerir tinturas herbales cuyo olor apestaba y  debía beber litros de tisanas que no tenían mucho mejor sabor.  Pero mi hijo quería volver a jugar y respirar.  Durante 40 días, se levantaba muy temprano en los días de la consulta, pues yo debía llevarlo antes del amanecer, para poder llegar a tiempo al trabajo; y luego se tomaba todas las medicinas naturales que yo le dejaba indicadas en la guardería donde los cuidaban.  No solo empezó a recuperarse pronto, sino que su organismo comenzó a expulsar flemas de todos los colores y texturas.  Nunca se quejó, confió en que su mamá estaba eligiendo lo mejor para él en ese momento.  Luego de los 40 días, era otro niño, jugaba, corría y respiraba bien, y a los pocos meses una radiografía mostró que sus pulmones estaban limpios.

Sucede del mismo modo con la sanación emocional y espiritual, queremos un milagro que Dios active en nuestras vidas, sin tener que cambiar ningún hábito o hacer demasiado esfuerzo.  Nos encantaría que existiera una cápsula mágica para despertar nuevos y transformados con solo pedirlo.

Todos transitamos por un período de nuestra vida o nuestra evolución en que nos aferramos a la luz de otra persona, a la capacidad sanadora de otra persona, a la sabiduría de otra persona o a los dones de otra persona.  Lo hacemos responsable de nuestra evolución y de nuestra sanación, porque así, si no funciona, tendremos a quien culpar.  El tema es que de ese modo nunca funciona, porque a menos que estemos dispuestos  a beber la medicina amarga, no podremos recuperar la capacidad de disfrutar la dulzura en nuestra vida.




¿Cómo llegué a este nivel de ictericia, hígado y vesícula colapsados?

El domingo me invitaron a tomar una merienda especial, pedí un cappuccino con frutos rojos, porque parecía algo sabroso e interesante.  Se veía mucho mejor de lo que sabía y el exceso de crema para disfrazar un cappuccino de mala calidad, fue algo que mi vesícula dañada desde la adolescencia no pudo procesar.




El colapso fue tal que lunes y martes no pude levantarme de la cama y no tenía ganas de comer ninguna cosa. 

Ahora bien, el hígado es la sede de la rabia y las acciones primitivas; donde acumulamos la justificación de las críticas para auto engañarnos y sentirnos mal.  En realidad nos enojamos o nos frutamos con alguien, no lo expresamos y luego estamos enojados con nosotros mismos por habernos fallado y por estar molestos con algo que no podemos cambiar.  Es decir que en el hígado se acumula todo lo amargo.  ¿Me sigues?  Entonces, para curar el hígado tenemos que tomar tisanas de hierbas medicinales que son más amargas que la amargura que tenemos acumulada.  Es decir, no es posible curar un hígado enfermo con un té de miel o un chocolate caliente.  Y solo cuando nos enfrentemos a la total amargura y a los cuidados que necesitamos para expresar nuestras emociones, podremos recuperar la capacidad de disfrutar postres y delicias dulces, en nuestra dieta y en nuestra vida.




La misión de una Mujer Medicina

Comenzamos hablando de tisanas amargas y terminamos hablando de la misión de una Mujer Medicina, porque todo tiene que ver con todo y porque mi escritura es siempre circular. 

Una verdadera Mujer Medicina no te sana, te brinda los recursos o te muestra el camino, pero tú caminas y tú eliges si usar los recursos o cómo usarlos.

Una verdadera Mujer Medicina no te hace la vida más fácil, en realidad, te enseña a lidiar con las complicaciones de tu vida, para que luego todo se te haga más fácil.

Una verdadera Mujer Medicina no solo baila contigo bajo la luna, te apapacha en días difíciles o te susurra antiguas plegarias al oído;  una mujer medicina también te receta tisanas amargas, te muestra en el espejo lo que no quieres ver y te obliga a caminar sola cuando es necesario para tu aprendizaje.

Una Mujer Medicina no necesita justificarse, demostrar lo que sabe o persuadir con palabras del alcance de sus dones.  Una Mujer Medicina, te mira y desnuda tu alma de todos los velos, te escucha y tamiza tus palabras a la luz de las verdades que solo Dios conoce; toma tu mano un instante para mostrarte el camino de las estrellas y luego la suelta para que descubras tu propio cielo.  Una Mujer Medicina rasca tu espalda llena de callos, hasta que un día, bajo las cicatrices, comienzan a florecer tus alas y descubres que todo lo amargo era apenas la antesala de todo lo dulce que te quedaba por vivir.

Susannah Lorenzo©

Tejedora de Palabras




jueves, 3 de septiembre de 2020

El cuerpo siempre sabe

Nuestro cuerpo recuerda lo que nuestra mente se empecina en olvidar.

Nuestro cuerpo registra las agresiones verbales como si fueran físicas.

Nuestro cuerpo absorbe las energías de otras personas, ya sea involuntariamente o a través de procesos de curación energética.

Nuestro cuerpo guarda memorias de traumas, heridas emocionales, situaciones de carencia extrema, humillaciones, vejaciones, abusos, burlas y crisis paralizantes de miedo.

Del mismo modo, guarda los recuerdos placenteros, los besos, los abrazos, las caricias, los aromas, las texturas, la música, los estímulos visuales y sensoriales que dejaron un sendero luminoso en nuestro corazón.



La mente tiene sus propios mecanismos de defensa: amnesias forzadas, temporales o permanentes; eliminación de datos, nombres, fechas y cualquier información que pueda llevarnos a recordar algo muy doloroso; olvidos y actos fallidos; para ayudarnos a ignorar, desterrar o minimizar cualquier suceso que mantenga vivo el dolor o el sufrimiento.

En esos juegos mentales, trabajamos como un analista de sistemas, reformateando el disco de nuestra computadora, creando nuevos archivos, borrando los que ya no sirven, desfragmentando el disco e instalando un sistema guardián de protección de nuestra salud mental.  Porque, según las exigencias de la sociedad en que vivimos, salud mental es sinónimo de felicidad, dicha, satisfacción, éxito, optimismo, actitud proactiva, insensibilidad, carencia de empatía y un individualismo que raya la crueldad.

Sentir, ser sensible, ser empático, llorar, estar triste, conectar genuinamente con las emociones, gritar, desbordarse, decir lo que se siente, expresar la verdad interior, ser coherente con lo que nuestra Alma necesita manifestar y demostrar algún signo de debilidad, son considerados señales de alguna enfermedad mental, de un desequilibrio que necesita medicación que suprima lo que somos y lo que sentimos para volvernos ‘más normales’, más funcionales y más parecidos a la masa de zombis automatizados.

Hace algunos siglos atrás, una persona de más de 50, era casi un anciano, era una edad común para morir.  En este siglo, los 50 son la juventud de la edad madura y las personas pueden aspirar a vivir fácilmente cien años.  Sin embargo, el aumento de enfermedades autoinmunes, enfermedades derivadas de los alimentos que ingerimos, crisis de estrés, aumento de diferentes tipos de cáncer y un sinfín de virus, aerosoles, químicos, ruidos, humos y tejidos sintéticos provocan alergias y enfermedades incurables e innombrables.



Estamos tan empeñados en ser ‘sanos mentalmente’, que nos desconectamos de nuestras emociones, reprimimos sentimientos, callamos palabras, dejamos que nuestros ríos internos se sequen y petrificamos las zonas heridas de nuestro corazón.  Imaginamos que nuestro cuerpo es apenas una masa de músculos, huesos, órganos y piel que solo nos sirve para funciones fisiológicas y para mantenernos vivos.

El cuerpo es el templo donde el alma habita y como tal tiene la función de indicarnos el camino, de mostrarnos lo que es bueno o malo para nosotros.  El cuerpo nos habla: a través de reacciones, sensaciones, escalofríos, nudos en el estómago, migrañas, temblores, estados de ansiedad, gripe, resfrío, irritabilidad y otras tantas formas de mostrarnos lo que nos perturba, es tóxico para nosotros o simplemente se ha quedado estancado en alguna parte de nuestro sistema.

La intuición está conectada directamente con el cuerpo.  Quienes hacemos prácticas de curanderismo, muchas veces sentimos en nuestro cuerpo los dolores o síntomas de la persona a quien estamos ayudando.  Luego, a través de un proceso de limpieza y meditación, logramos que esas dolencias sigan su camino y solamente pasen a través de nosotros, descargándolas en la Madre Tierra.  Cuando conocemos a una persona, la intuición activa sensaciones y comportamientos reflejos en el cuerpo: rigidez, temblor, intranquilidad, rechazo, ganas de salir corriendo o necesidad de abrazar al otro.  Quienes somos empáticos y sensibles, podemos sentir las emociones de la persona que está frente a nosotros o al otro lado del teléfono. Solemos ignorar las reacciones físicas porque las consideramos primitivas, porque pensamos que una persona inteligente actúa solamente desde una mente clara y ordenada.

Las mujeres que somos madres, incluso, podemos sentir en nuestro cuerpo, cuando algo malo les pasa a nuestros hijos, sin importar donde vivan o qué edad tengan; puede ser en forma de dolor en el pecho, falta de aire, palpitaciones, sudoración profusa o un dolor punzante en la boca del estómago.  El cuerpo nos muestra lo que nuestra percepción e intuición recibe antes de que la mente lo pueda razonar, procesar y expresar de manera coherente.



Tal como explica la Maestra Louise Hay en su libro ‘Sana tu cuerpo’:

“Para sanar y hacernos íntegros hemos de equilibrar cuerpo, mente y espíritu. Necesitamos cuidar muy bien nuestro cuerpo. Necesitamos tener una actitud mental positiva hacia nosotros mismos y hacia la vida. Necesitamos además una fuerte conexión espiritual. Cuando están equilibradas estas tres cosas, sentimos alegría de vivir. Ningún médico, ningún terapeuta nos puede dar esto si no nos decidimos a participar en nuestro proceso de curación.”

En ese libro encontramos una tabla de correspondencia entre los síntomas y malestares y sus causas emocionales, junto con Afirmaciones para reprogramar nuestra mente. Y hasta ahora, cada vez que he consultado su tabla, siempre ha sido más que acertada.

Generalmente, optamos por la forma rápida de ‘solucionar el problema’: una pastilla, un jarabe, una cirugía o incluso los pases mágicos de un curandero.  Queremos que el malestar desaparezca y nos deje trabajar y vivir ‘tranquilamente’Sin embargo, si no nos ocupamos de las emociones, de las heridas olvidadas o ignoradas, si no atendemos y escuchamos los mensajes de nuestro cuerpo, haremos desaparecer esa enfermedad o malestar por un tiempo, pero luego regresará o se manifestará en otro órgano o en otra parte del sistema.

Justamente hoy, antes de escribir esta publicación, me desperté triste y abatida, con mucho dolor físico.  Como el dolor me impedía siquiera moverme o levantarme de la cama, tomé un analgésico, apliqué aceites esenciales y me permití un par de siestas pues tenía necesidad de dormir mucho.  Si bien, los síntomas físicos más graves desaparecieron, el abatimiento y la tristeza no se iban, hasta que cerca de las cinco de la tarde, recordé que es el cumpleaños de una de mis nietas, que hace un par de años no tengo permiso para ver, y a quien guardo en un lugar muy especial de mi corazón.  Una vez que se hizo consciente lo que mi cuerpo estaba exteriorizando desde temprano, un mar de llanto se apoderó de mí.

¿Era yo consciente de tanto llanto y tristeza reprimida? No, aparentemente no.  En mi decisión de no interferir para que ella no sufra, y de dejar todo en manos de Dios, muchas veces hago como sí ya no me afectara.  Mi cuerpo sin embargo, no olvida, guarda registro y memoria de cada sentimiento, sensación, recuerdo y siente la distancia infinita que nos separa ahora y la tristeza que ella a veces, también siente.



Dicen, que cuando tenemos patrones de conducta que no podemos cambiar o nuevos hábitos que nos cuesta adoptar, es porque nuestro niño interior se resiste a acompañarnos en ciertos cambios.  Puede que en la memoria celular hayan quedado recuerdos de castigos, inseguridades, rechazos o consecuencias negativas por realizar determinadas acciones.  Es decir, si fuimos convencidos desde niños que cualquier persona rica es mala y que si hacemos algo diferente al resto del clan familiar somos desleales, es probable que nuestro niño interior boicotee cada uno de nuestros intentos por cambiar nuestra realidad, porque aún anida en nuestro cuerpo el miedo a ser rechazado o no amado por ser ‘mala’ persona o ser desleal al clan familiar, ejerciendo una prosperidad y una felicidad que ellos no tuvieron o no tienen en la actualidad.

La medicina moderna occidental no busca aumentar la cantidad de personas sanas.  Si así fuera, si el 90% de la población estuviera totalmente sano, entonces se acabaría el negocio de las farmacéuticas, laboratorios y la industria relacionada con la medicina.  Para el sistema, es necesario mantener el número de personas dependientes de tratamientos médicos para justificar una mega organización que mueve más dinero que la industria de los armamentos.  He trabajado en instituciones médicas, he visto a médicos recetar medicamentos, sólo para aumentar los ceros en el cheque que recibían a fin de mes, como reconocimiento del laboratorio o acceder a un Congreso internacional con todo pago en un país con playa y hoteles de lujo. He visto pacientes salir abatidos del consultorio porque el profesional le había recetado una gran cantidad de estudios complejos que apenas si podía pagar; pero ese número de estudios complejos era parte del trato que la institución tenía con Laboratorios de Análisis Clínicos y Centros de Imágenes; cada médico debía cumplir con cierta cantidad de estudios por mes, para mantener la comisión activa y cumplir con el porcentaje pactado. No digo que todos los médicos y profesionales trabajen de la misma manera, pero la gran mayoría sí.



Desde que empecé a escribir este blog en mi viaje personal con la endometriosis, asumí que estaba dispuesta a cuidar mi calidad de vida y no la cantidad de años que vivo.  No quiero ser un ‘paciente’ que en forma pasiva le da el poder al sistema para decidir cómo debo vivir y morir.  El camino de las Terapias Holísticas y la Medicina Natural o Alternativa, es lento, porque debemos trabajar desde adentro hacia afuera, porque trabajar con las emociones no es tarea fácil y no es algo que nos hayan enseñado desde niños. Se necesita determinación, constancia, voluntad, amor propio, respeto por nuestro cuerpo; conocer nuestro cuerpo, escucharlo, celebrarlo, honrarlo y dejar de resistirnos a Ser lo que somos y Vivir el camino que nuestra Alma necesita para manifestarse en esta vida.



Les dejo unos fragmentos del libro  “La enfermedad como camino”  de THORWALD DETHLEFSEN y RÜDIGER DAHLKE, al final de esta publicación.

Meditación guíada para sanar nuestro cuerpo femenino en el canal de YouTube.

Susie

Susannah Lorenzo©

Tejedora de Puentes

Derechos Reservados


“Si prestamos atención al animado debate que se mantiene en el mundo de la medicina, observamos que, generalmente, se discute de los métodos y de su funcionamiento y que, hasta ahora, se ha hablado muy poco de la teoría o filosofía de la medicina. Si bien es cierto que la medicina se sirve en gran medida de operaciones concretas y prácticas, en cada una de ellas se expresa —deliberada o inconscientemente— la filosofía determinante. La medicina moderna no falla por falta de posibilidades de actuación sino por el concepto sobre el que —a menudo implícita e irreflexivamente— basa su actuación. La medicina falla por su filosofía o, más exactamente, por su falta de filosofía. Hasta ahora, la actuación de la medicina responde sólo a criterios de funcionalidad y eficacia; la falta de un fondo le ha valido el calificativo de «inhumana». Si bien esta inhumanidad se manifiesta en muchas situaciones concretas y externas, no es un defecto que pueda remediarse con simples modificaciones funcionales. Muchos síntomas indican que la medicina está enferma. Y tampoco esta «paciente» puede curarse a base de tratar los síntomas. Sin embargo, la mayoría de críticos de la medicina académica y propagandistas de formas de curación alternativas asumen automáticamente el criterio de la medicina académica y concentran todas sus energías en la modificación de las formas (métodos).”


“El cuerpo nunca está enfermo ni sano ya que en él sólo se manifiestan las informaciones de la mente. El cuerpo no hace nada por sí mismo. Para comprobarlo, basta ver un cadáver. El cuerpo de una persona viva debe su funcionamiento precisamente a estas dos instancias inmateriales que solemos llamar conciencia (alma) y vida (espíritu). La conciencia emite la información que se manifiesta y se hace visible en el cuerpo. La conciencia es al cuerpo lo que un programa de radio al receptor. Dado que la conciencia representa una cualidad inmaterial y propia, naturalmente, no es producto del cuerpo ni depende de la existencia de éste.”


“Enfermedad significa, pues, la pérdida de una armonía o, también, el trastorno de un orden hasta ahora equilibrado (después veremos que, en realidad, contemplada desde otro punto de vista, la enfermedad es la instauración de un equilibrio). Ahora bien, la pérdida de armonía se produce en la conciencia, en el plano de la información, y en el cuerpo sólo se muestra. Por consiguiente, el cuerpo es vehículo de la manifestación o realización de todos los procesos y cambios que se producen en la conciencia. Así, si todo el mundo material no es sino el escenario en el que se plasma el juego de los arquetipos, con lo que se convierte en alegoría, también el cuerpo material es el escenario en el que se manifiestan las imágenes de la conciencia. Por lo tanto, si una persona sufre un desequilibrio en su conciencia, ello se manifestará en su cuerpo en forma de síntoma. Por lo tanto, es un error afirmar que el cuerpo está enfermo —enfermo sólo puede estarlo el ser humano—, por más que el estado de enfermedad se manifieste en el cuerpo como síntoma.”


“Cuando en el cuerpo de una persona se manifiesta un síntoma, éste (más o menos) llama la atención interrumpiendo, con frecuencia bruscamente, la continuidad de la vida diaria. Un síntoma es una señal que atrae atención, interés y energía y, por lo tanto, impide la vida normal. Un síntoma nos reclama atención, lo queramos o no. Esta interrupción que nos parece llegar de fuera nos produce una molestia y desde ese momento no tenemos más que un objetivo: eliminar la molestia. El ser humano no quiere ser molestado, y ello hace que empiece la lucha contra el síntoma. La lucha exige atención y dedicación: el síntoma siempre consigue que estemos pendientes de él. (…)Lo que debemos eliminar no es el síntoma, sino la causa. Por consiguiente, si queremos descubrir qué es lo que nos señala el síntoma, tenemos que apartar la mirada de él y buscar más allá.”

“La enfermedad como camino”  - THORWALD DETHLEFSEN y RÜDIGER DAHLKE


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jueves, 21 de junio de 2018

Ensayo sobre el dolor


No nos conmueve el dolor, sino que nos moviliza el morbo.

Impacta un cuerpo desmembrado, una persona con deformidades evidentes, un rostro desfigurado por quemaduras o un miembro amputado en trágico accidente.

  
Pero el dolor interno e invisible no puede fotografiarse, no puede publicarse, medirse o demostrarse.  Aquellas personas que sufrimos de enfermedades crónicas  y convivimos con el dolor en menor o mayor grado; nos sentimos muchas veces avergonzadas de tener que explicar, fundamentar y demostrar la magnitud de nuestro dolor físico.

Acaso, ¿no pasa lo mismo con los duelos emocionales?  Todo lo que no se puede mirar, le parece al otro que es sólo una exageración, un delirio de nuestra sensibilidad o simplemente una forma vergonzosa de victimizarnos.

En realidad, el verdadero dolor del otro nos asusta, lo desconocemos, somos incapaces de escuchar, atender y creer aquello que es ajeno a nuestra realidad.

Del dolor hay que deshacerse rápido, tenemos que demostrar que somos capaces de superar racionalmente y civilizadamente nuestra crisis física o emocional.

Si vamos por el camino de la medicina tradicional, queremos una pastilla o una inyección que en menos de 24 horas nos deje como nuevos.

Si transitamos el camino de las terapias holísticas, creemos que con un par de meditaciones y diez respiraciones, todo se arregla.

Si predicamos alguna religión, el sufrimiento tiene seguramente alguna implicancia que nos beneficia, nos hace más buenos, nos purifica y hasta nos santifica.  Así que, ¡a sonreír que es apenas una bendición!…

Si de penas y turbaciones se trata, hay que fingir ‘cordura y compostura’ o acudir prontamente a un psicólogo que intente convencernos de que todo está en la mente, el alma no existe y el corazón es sólo un órgano físico.


El que está del otro lado, se asusta, se burla, se asombra, se aleja, se vuelve indiferente o simplemente deja de preguntarnos cómo estamos.

El dolor físico agudo, crónico e intenso comenzó en mi adolescencia; casi en la misma época que comenzaron mis etapas de penas insoportables y tristezas innombrables.  Siento, que no fue una coincidencia.

Una se acostumbra, por así decirlo, hasta que el umbral se corre en la escala, y ya dejamos de medir o cuantificar.

Cuando la herida es externa, hay cuidados extremos, cirugías estéticas, ungüentos para restablecer la apariencia y fisioterapia para recuperar la capacidad de jugar y bailar.

Cuando la herida es interna, la archivamos en algún rincón oscuro, esperando a que el tiempo, todo lo cure.  Y en esa sombra desatendida, la herida se agiganta, se pudre y un día encuentra la fuerza para destrozar nuestras lápidas.

Cuando las enfermedades son visibles, hay un cuidado extremo por mantener el funcionamiento correcto de cada una de nuestras partes, evitando por supuesto parecernos a bestias sin espejo.

Cuando las enfermedades son invisibles, se desconocen energías, emociones, meridianos, chacras y el equilibrio perfecto que existe entre cada órgano y cada sistema.  Se extirpan órganos, se recortan achuras con menos cuidado que el carnicero del barrio cuando corta las milanesas.  Se manipulan los tejidos con la misma pericia que un médico forense.  Aquello que no funciona se descarta y termina en un tacho de basura para alimentar a los perros de la calle.  Lo que ya no funciona, se reemplaza con un pedazo de plástico, un tubo, una bolsa o un pañal descartable.


Dolor crónico es aquel que tiene una duración mayor a seis meses, en algunas enfermedades pueden ser años.  En muchos de los casos con dolor crónico, puede haber crisis con dolores más intensos de lo normal.  Esas crisis pueden aparecer cada tres o cuatro meses, y pueden durar varios días. Si ese es el caso, es mejor inventar una gripe, una intoxicación alimenticia o una enfermedad contagiosa.  En esta sociedad, una crisis de dolor invisible no justifica que una persona no pueda trabajar o siquiera cocinarse un plato de comida, durante varios días.

En una crisis de dolor, uno puede rezar, meditar, escuchar música relajante, hacer ejercicios de respiración, dar mil vueltas en la cama hasta encontrar una posición que minimice el dolor y volver a rezar hasta que un poco de sueño nos adormezca los sentidos.  Uno sabe que pasará, que tarde o temprano pasará y podremos estar de buen humor, cocinar y trabajar con todas las luces encendidas de nuestro cerebro.  Mientras tanto, una aprende a respetar el cuerpo, sus tiempos y sus necesidades, cierra la persiana y deja que allí afuera sigan murmurando: “¿otra vez?”   “tenés que ponerte bien”, “no podés estar otra vez así”.


No hay una medida para el dolor.  No hay comparación posible para determinar si hay un dolor peor que otro.  La persona que sufre porque su corazón ha sido destrozado, despojado, mancillado o sacudido por uno de esos terremotos que no dejan nadie en pie, no necesita que otra persona le diga que podría haber sido peor, que hay males peores, que hay dolores más graves, que hay perdidas más feroces.  En ese momento, para esa persona, la sensación de dolor, impotencia, vacío y desazón al enfrentarse a lo inevitable, es única.  Y la magnitud no sólo depende del hecho exterior sino de la sensibilidad de la propia persona, del apego, de las proyecciones y de los sueños que estaban ligados a la catástrofe, por así llamarla.

No se puede entender ni aún menos comprender lo que no se ha vivido, lo que jamás ha sido parte de nuestras experiencias.  Se puede imaginar pero por sobre todo se debe respetar.

Si ves una persona devastada, si me ves lidiando un dolor que no se puede explicar pero que transmuta y se transforma con el tiempo siguiendo patrones inesperados, si ves a alguien que se siente y se ve como un montón de esquirlas luego de la explosión…

Entonces, no intentes juzgar o entender, no pidas explicaciones, no compares, no intentes medir, no creas que puedes imaginar la magnitud porque no lo harás.  Simplemente prepara una taza de té, siéntate a su lado, desde tu corazón apoya tu mano en la suya, luego en su hombro y si ves que llora, abrázala para que sus pedazos no se vuelen con el viento.

No te apresures, no esperes curas milagrosas ni mejorías instantáneas.  Cada persona tiene un tiempo y en ese tiempo lo más sano es tomarse el momento y lugar para dejar correr el río, para gritar si hace falta, para dormir por semanas, para vestirse de pena y alejarse del mundo.  Porque si eso no se hace, tarde o temprano, el dolor que no se expresó y no se vivió, se volverá tóxico, como un agua estancada que nos consume poco a poco.



Susana Lorenzo ©
Soledad Lorena
Derechos Reservados
21 de junio de 2018







Esperame al otro lado de la nube negra

Notas técnicas sobre el dolor:

Existe una ONG en inglés llamada ‘But you don’t look sick’, (no te vez enfermo), donde se agrupan, personas con enfermedades como endometriosis, lupus, fibromialgia, fatiga crónica y otras más.  Es un espacio donde se comparten experiencias, consejos, tratamientos, vivencias y por sobre todo, es un espacio donde se puede andar sin antifaz, sin temor a ser juzgado, criticado, condenado, segregado, discriminado o humillado.

“Técnicamente hablando, Definir el dolor y hacerlo de tal manera que resulte una definición de aceptación “unánime”, resulta un proceso complejo y, se podría decir, se trata de “un imposible. Sólo quien lo sufre sabe lo que siente y no existe medio humano ni científico por el que se pueda transmitir a otros todos los detalles, matices y sensaciones que acompañan a la experiencia del dolor.El dolor crónico es percibido por quien lo sufre como “inútil”, pues no previene ni evita daño al organismo. Las repercusiones más frecuentes en la esfera psicológica implican ansiedad, ira, miedo, frustración o depresión que, a su vez, contribuyen a incrementar más la percepción dolorosa. Las repercusiones socio-familiares, laborales y económicas son múltiples y generan cambios importantes en la vida de las personas que lo padecen y sus familias: invalidez y dependencia.  La necesidad de uso de fármacos con que aliviar el dolor, se convierte en un factor de riesgo potencial de uso, abuso y auto prescripción, no sólo de analgésicos, sino también tranquilizantes, antidepresivos y otros fármacos.” UCPD Segovia