jueves, 30 de marzo de 2023

Brújula

Nos perdemos cuando nos ocupamos de complacer a otros o cumplir con las metas que otros proyectaron.

Nos perdemos cuando intentamos salvar a otros y en nuestro afán de ayudar a quien no quiere ayudarse, dejamos de ayudarnos a nosotros mismos.

Nos perdemos cuando la energía está puesta en el ‘deber’ auto impuesto o indicado por otros.

Nos perdemos cuando sacamos a Dios de la ecuación.

Nos perdemos cuando abandonamos nuestras prácticas espirituales.

Nos perdemos cuando dejamos de disfrutar.

Nos perdemos cuando creemos que alguien puede salvarnos.

Nos perdemos cuando buscamos la respuesta afuera de nosotros.

Nos perdemos cuando perdemos la calma.




He estado perdida durante casi un mes y me extraño, estoy a veces inquieta, otras veces molesta y otras veces desganada.

Cuando saqué una carta de Puentes para preguntar qué necesito, salió la carta de la Brújula.

 “Si la respuesta es que necesitamos una Brújula, es porque hemos perdido el Norte, es decir, no sabemos dónde estamos parados en nuestra vida.

 Es importante saber dónde estamos, y hacia dónde nos dirigimos (norte) para enfocar nuestras energías y nuestros esfuerzos en la dirección correcta. Probablemente ese Mapa que habíamos dibujado para nuestra vida, ya ha perdido sentido o ha quedado obsoleto, pues la única constante en la vida es el cambio. Muchas veces, debemos ‘corregir el curso’, como se dice en navegación, y adaptar el viaje a las tormentas reinantes, al comportamiento del océano y la dirección de los vientos.

Si necesitas una Brújula, haz silencio, ve dentro de ti, pide a Dios, a tu Ángel de la Guarda o a tus guías espirituales que te muestren el ‘Norte’, que te marquen las coordenadas para trazar el nuevo mapa de tu vida.”

Susannah Lorenzo©

Cartas de Puentes

Trailer 

Todo lo que necesitas saber sobre las Cartas de Puentes y cómo tenerlas en tu celular:


domingo, 26 de marzo de 2023

Amada espina

De repente, nos palpamos el corazón y notamos un bulto, una protuberancia inflamada y doliente que se irrita ante el roce.  La curiosidad puede más que la incomodidad y ante la observación atenta, descubrimos que una vieja espina ha hecho su nido, hace ya largo tiempo. Un pequeño movimiento, un intento de extracción, generan un intenso dolor, una supuración maloliente y un terror inexplicable a descubrir que tan profundo nos habita.




Sobre la epidermis del corazón, un bonito bordado rodea la herida: intentos amorosos de cerrarla o justificarla.  Un viejo aroma a pétalos fragantes nos devuelve el recuerdo de una rosa que solía coronar nuestro jardín.  ¿Cuántas veces demoramos nuestra estancia en el dolor, cultivando expectativas de una realidad diferente?  ¿Cuánto tiempo justificamos la espina como herencia de una rosa que ya no florece?  ¿Cuánta esperanza albergamos de que la espina pueda convertirse en tallo y luego deslumbrarnos con una rosa transformada?

 

"Enamorarse es un talento que pocas criaturas poseen, como el don de hacer versos, como el espíritu de sacrificio, como la valentía personal. No se enamora cualquiera ni de cualquiera se enamora el capaz. Muy pocos pueden ser amantes y muy pocos amados".

Ortega y Gasset

 



¿Recuerdas cuando eras niño y te clavabas una espina o una astilla?  Luego de un rato jugando se te olvidaba, hasta que algo rozaba la zona y el dolor ardiente y punzante regresaba.  Evitabas que te sacaran la espina o la astilla, porque de solo moverla, el dolor se extendía como una serpiente encendida.




De la misma manera, dejamos pasar el tiempo cuando una espina ha quedado en nuestro corazón; hasta que algo nos recuerda su existencia: un roce, una palabra, una actitud, una ausencia o una ilusión hecha añicos.  La espina tiene nombre y apellido, pero no ha generado, como esperábamos, una nueva rosa, una nueva forma de amar; sino que ha echado raíces espinosas que perturban la paz de nuestro corazón y nos roban la alegría de vivir.

Puedes ignorar, amar o aferrarte a la presencia de esa espina, como un trofeo de tiempos mejores; pero inevitablemente generará una infección, un rechazo de tu cuerpo todo, avisándote que tu salud está en riesgo, que estás perdiendo el latido o que has olvidado lo que significa el buen amor.






Esa zona del corazón se entumece, se endurece, genera infinitos mecanismos de defensa, se intoxica y  se retrae.

Los espejos, las miradas, las lluvias de espinas, la ausencia de pétalos, los guardianes de la mente, los sueños, la alergia a las rosas, la soledad inconmovible y los desaires del destino, son un recordatorio constante de que una espina nos habita y ha colonizado nuestros sentidos.

Entonces, una tarde soleada de domingo, te conviertes en cirujano de tu corazón: desinfectas la zona con una buena cuota de lágrimas y la anestesias con una dosis de amor propio; extirpas en un solo paso la espina y sus raíces espinosas.  Ese pincho deforme y cavernoso ya ni siquiera recuerda haber sido parte del tallo de una rosa; apenas lo quitas de las profundidades de tu corazón, yace inerte, carente de vida propia, incapaz de sobrevivir a la luz del sol.




En ese orificio deforme, en esa herida abierta y desnuda, vulnerable y sensible, puedes sentir el aire que circula y permite que la epidermis respire.  Hay una sensación de libertad y despojo, un vacío que te llena de alivio y una certeza de que tu corazón ha despertado a una nueva vida.

No hará falta cerrar con puntadas, ni tejer cerrojos que te guarden del barro; las mordazas no sanan y las vendas evitan que la luz nos muestre la verdad.




Susannah Lorenzo©

Tejedora de Puentes

Destejiendo viejas heridas 




domingo, 12 de marzo de 2023

Autosuficiente

La mayoría de mis cuentos o historias incluyen una mujer medicina, una maga, una curandera o una machi.   Justamente, el libro ‘Tejedoras de Magia’, que aún está en gestación, recopila recetas, rituales, pócimas y curaciones de los personajes que llegaron a mí como una aparición.


Art: Tarn Ellis

 Muchos creen que eso se debe a que yo soy una Mujer Medicina.  Sin embargo, pocos saben que cuando me siento muy débil físicamente o energéticamente, busco en mis Guías Espirituales una Machi que me ayude a sanar; y desde esos deseos, llegan las visiones.

La mayoría de las personas suponen que una Mujer Medicina es autosuficiente, puede aplicarse sus propias medicinas, hacer algún pase mágico  y mantenerse siempre sana, abundante y sobre, todo, servicial.

Amigos, clientes, alumnos, consultantes, seguidores de las redes sociales y conocidos, buscan consejo, alivio, la escucha atenta, la contención amorosa, la compasión sin juicio y la palabra que calma.

Aunque Dios siempre me asista y me use como su canal Divino, vivo en un cuerpo físico como el de cualquier persona; tengo emociones y necesidades, tal como otros seres humanos.  Es cierto que muchas veces, yo elijo mi propio tratamiento holístico y me dejo guiar por mi Alma y mi Espíritu, sobre qué tisana debo beber o qué alimento debo dejar de consumir. Sin embargo, cuando me toca trabajar con ‘muertitos’ (como les llamo amorosamente) y acompañarlos durante su transición en el Portal; o cuando me toca contener a personas que realmente están muy negativas o enfermas; la energía que me atraviesa es tan intensa, que el cuerpo se resiente y necesita un cuidado especial, por varios días o semanas.

Las personas que me buscan o acuden a mí, suelen creer que siempre estoy disponible, que siempre puedo hacerme el tiempo, que siempre encuentro la manera, que siempre soy fuerte y que tengo todo resuelto.  Esas mismas personas, cuando ya no necesitan nada, cuando han saciado su sed, cuando ya no tienen preguntas, cuando ya obtuvieron lo que deseaban, siguen su camino o simplemente hacen su vida mirando a otro lado.

A veces, después de tareas desgastantes y abrumadoras, una Mujer Medicina necesita un apapacho, un poco de buena compañía desinteresada y silenciosa, una dosis de buen amor, una cuota de contención, un abrazo real, un masaje relajante o un paseo por las sierras.




Sucede sobre todo en domingo, cada quien está ocupado disfrutando su vida y me parece bien.  Hay un poco de olvido, indiferencia o desidia.  Quizá sea mi culpa, todos saben, incluyendo las personas amadas, que cuando regresen a golpear mi puerta yo estaré ahí, como siempre.

Mi corazón en susurros, hoy se animó a decir: toda Mujer Medicina, necesita su Hombre Medicina, el complemento de energías, un compañero con quien compartir, pero también con quien alternar roles.

Lo que hago cuando estoy mal, en la vida real, es descansar, hacer una cura de sueño y cuando estoy despierta, quedarme acostada, con música sanadora de fondo, cristales en mis chacras, respiración consciente y Dios en mis labios y en mi corazón.  Cuando mi cuerpo está realmente maltrecho, como ahora, visualizo alguna de las Tejedoras de Magia de mis historias, cuidándome en una choza, ocupándose de todo lo necesario, preparando caldo de verduras o una tisana que me alivie, sahumando mi cuerpo y cantando palabras sagradas. Otras veces,  visualizo al Arcángel Miguel, blandiendo su espada a mi alrededor para cortar todas las energías negativas que han quedado adheridas en mi campo energético; y luego invoco al Arcángel Rafael para que me bañe con su luz verde y me sumerja en el Río del Olvido y sane todos mis malestares.




Aún así, todo ser humano necesita de otros humanos.  Sería bonito recibir una invitación para un paseo en la naturaleza; o una reserva en unas cabañas cerca de un río para descansar un par de días; o una tarjeta de regalo para una sesión de spa y masajes; o simplemente, alguien que me recibiera en su casa, cocinara para mí, me escuchara con compasión y respeto, pudiera contenerme por un momento y simplemente, ocuparse de mí como yo me ocupo de otras personas.

No me malentiendas, disfruto mi soledad y vivir en la libertad de Ser y hacer.  Pero todos, incluso yo, necesitamos un lugar donde ser bien recibidos, celebrados y apapachos, un refugio de calma y contención.  Todos, incluso yo, necesitamos poder llamar a alguien a cualquier hora y cualquier día, para que nos escuche y nos acompañe, sin juicios, sin reproches, sin reprimendas y que en su escucha y en sus palabras amorosas, encontremos un poco de alivio.

Pedirle a alguien que se justifique o explique lo que siente para que puedas 'entender'  o 'creer' lo que le sucede, no significa escucha atenta, compasiva y amorosa.

Susannah Lorenzo©

Tejedora destejida




lunes, 9 de enero de 2023

La defensa que nos daña



Nos ocultamos en una cueva alejada del mundo como una mujer salvaje que ha sido ultrajada y dañada de por vida; construimos muros invisibles a nuestro alrededor que nos mantienen a salvo de depredadores; hacemos crecer una valla de arbustos espinosos alrededor de nuestro corazón para que nadie ose lastimarnos (una vez más); nos vestimos con armaduras impenetrables, corazas de hierro que cierran todo paso a la sensibilidad; pero por sobre todo, atacamos ferozmente cada vez que algo nos duele sin distinguir si el daño ha sido provocado por quien intenta acercarse o si es parte de un dolor que ya residía en nosotros y simplemente se activó con un sonido, una palabra o una actitud.

Cuando estamos tan lastimados, cuando hemos sufrido mucho, cuando somos sobrevivientes de un trauma o un abuso, cuando estamos en duelo o cuando no tenemos paz interior, nos resulta difícil distinguir el origen del dolor y solemos creer que todas las personas hacen algo para dañarnos.  Establecemos mecanismos de defensa que se activan de forma inconsciente, sacamos nuestras garras, nuestras uñas, nuestra mirada más hosca, nuestra mandíbula tensa y nuestro gesto agresivo para responder ante los otros.

Cualquier palabra parecida a una que nos dañó anteriormente, nos lastima; incluso si una palabra o una frase roza nuestra herida, el dolor se activa.  Cualquier actitud semejante a la de un depredador o de alguien que nos hizo sufrir, activará nuestro mecanismo de defensa sin que nos demos cuenta hasta que ya sea muy tarde. 




¿Por qué habrá sido tarde cuando nos demos cuenta?  Porque nosotros también habremos causado daño desde nuestro dolor y desde nuestro mecanismo de defensa; toda defensa es un ataque, aunque no tengamos la intención primaria de atacar.

Cualquier persona que permanece demasiado tiempo en el rol de víctima, terminará lastimándose a sí misma y lastimando a otras personas.

No lo vemos, no podemos verlo a menos que nos corramos de ese lugar.  ¿Cómo podríamos verlo desde el rincón oscuro dónde estamos?  No hay buena visibilidad desde el fondo de la cueva, ni detrás de un alto muro, ni escondidos tras una mata de arbustos espinosos.  Tampoco podemos determinar las percepciones exactas de nuestros sentidos afectados por una armadura de acero oxidado y una escafandra que enrarece el aliento.




El dolor turba los sentidos, nubla la mente, dificulta la concentración, anula la objetividad, tiñe todo lo que tocamos con la sangre de nuestras heridas, afecta nuestras respuestas y reacciones, determina nuestro estado de ánimo y condiciona nuestra forma de amar.


¿Por qué pasamos años de nuestra vida en esa postura y en ese lugar de la psique?  Porque de algún modo;  nos gustaría que la realidad cambiara; que las personas que nos lastimaron cargaran con sus culpas y nuestro dolor, siendo tan infelices como nosotros lo somos;  que quienes nos hicieron sufrir tanto nos pidieran perdón y deshicieran todo el daño; que los abusadores nos devolvieran lo que nos robaron; que los ausentes se hicieran presentes y nos colmaran de todo aquello que necesitamos.

Eso no sucederá, ni ahora, ni en diez años, ni nunca.

Es nuestra responsabilidad sanar, es nuestra elección ocuparnos de las heridas, es nuestra voluntad compartir la mejor versión de nosotros mismos; es nuestra intención darle una oportunidad a quienes solo llegan a nuestra vida para amarnos; es nuestra fortaleza aprender a vivir con el trauma y con la marca de las heridas cicatrizadas.




Sé que no es fácil, tengo 58 años y aún estoy aprendiendo.  Confieso que empecé después de los 40 a reconocer mis heridas y hacerme cargo de mi proceso de sanación;  quizá haya sido tarde para muchas relaciones y ya no puedo deshacer el daño que hice sin darme cuenta.  Si tú eres más joven, ten el valor de comenzar ahora, en este momento.  Puedo asegurarte que la paz interior no es solamente un regalo para nosotros mismos sino para las personas que llegan a nuestra vida.

Si miro hacia atrás, recuerdo claramente las voces de las personas a mi alrededor reclamándome que siempre estaba a la defensiva y lo hacían desde una actitud agresiva, desde su propio dolor y heridas sin sanar.  Es que alguien tiene que poner el punto cero, de lo contrario entramos en un círculo vicioso en el que solo somos una cadena de reacciones y mecanismos de defensa,  que generan a su vez lo mismo en otras personas.

Por supuesto que no podía o no sabía cómo cambiarlo en ese momento, solo necesitaba que se desvaneciera el dolor y no podía diferenciar si lo que las personas hacían, me lo hacían a mí o simplemente lo hacían porque era parte de su comportamiento y su propio bagaje de traumas, patrones aprendidos y  heredados.  Yo no era un blanco perfecto elegido para disparar sus dardos mortíferos, al menos, no siempre.




¿Podemos obligar o forzar a alguien a que abandone su postura de víctima y deje de defenderse?  No, no debemos hacerlo.  No estuvimos allí, no estamos dentro de su corazón, no tenemos su misma sensibilidad.  Cada persona tiene su tiempo, su ritmo y su conjunto de recursos para superar o no una situación. 

¿Qué podemos hacer?  ¿Qué me hubiera gustado que hicieran conmigo? Podemos acompañar a esa persona desde el amor, la compasión, la empatía y la ausencia de juicios; podemos compartir recursos terapéuticos pero si no está lista para usarlos, no tiene sentido insistir.  Podemos evitar reaccionar agresivamente a sus mecanismos de defensa, respirar hondo y desde la calma hacerle notar que se está defendiendo y que nosotros solo estamos ahí para contener y amar.




¿Por qué nos hacemos daño cuando nos defendemos? Porque alimentamos la herida, seguimos dándole poder y energía a la persona o las personas que causaron tanto dolor; porque a través de nuestra defensa agredimos de forma inconsciente a las personas que más amamos y sobre todo porque todo lo que recibimos pasa a través del filtro del dolor y la victimización.

Recuerda, por ejemplo, el momento en que has tenido un accidente, un golpe fuerte, una quebradura, una caída o incluso si te has golpeado un dedo del pie.  No puedes pensar claramente en ese momento, no puedes resolver un cálculo matemático ni tomar una decisión importante; porque tu discernimiento está nublado, tu mente está turbada y tus emociones están en ese momento concentradas en el punto exacto donde reside el dolor físico; no existe nada más en ese instante.  ¿Te imaginas? ¿Qué pasaría si permitiéramos que una herida o una lesión física se mantuvieran en ese estado por años?  Nos volveríamos huraños, agresivos, depresivos o incluso desearíamos ya no vivir más.  Lo mismo sucede con las heridas emocionales, solo que al no ser visibles, las subestimamos, minimizamos su efecto en nuestras vidas y en nuestro comportamiento, creemos que podemos controlar lo que hacemos y decimos, con tal solo anular o esconder esa emoción.

Hay un dicho que todos repiten: “Pagan justos por pecadores.”  Del mismo modo, las personas que nos aman y a las que amamos, terminan expiando los pecados de quienes nos lastimaron.

Una o varias heridas sin sanar, ocultas, dormidas o ignoradas, nos convierten en una bomba de tiempo que puede detonar con tan solo una palabra, una actitud o una omisión.  Y en esa explosión saldremos todos lastimados y otra vez, las secuelas de ese daño nos acompañarán por años y así se convertirá en una historia sinfín.




Claro que sí, hay personas de las que hay protegerse, que no es lo mismo que defenderse.  Hay personas que son tóxicas y dañinas por naturaleza o por elección.  Con esas personas hay que mantener distancia de todo tipo y no darles espacio en nuestra vida, nuestra mente o nuestro corazón.  Cada vez que regresen a nuestra memoria, solo podemos hacer una oración de bendición, para que ya no sigan haciendo más daño y agradecer que hayamos aprendido a no permitirles el acceso a nuestro campo energético.

Sin embargo, hay personas que pueden ser tóxicas o lastimarnos por falta de consciencia, por patrones mal aprendidos  o por ignorancia, no por falta de amor.  Por ejemplo, el sol es necesario para la vida de todos los humanos, las plantas y los animales; sin él, nos enfermamos y debilitamos.  Ahora bien, si te recuestas en el jardín al medio día con 38ºC de temperatura y te quedas ahí más de una hora, tu piel se quemará, podrás sufrir insolación, deshidratación y terminar enfermo por un par de días.  El sol es beneficioso en su justa medida, como muchas cosas en la vida y como muchas personas que no aprendieron a transitar su camino de sanación y evolución.  El sol nunca tuvo ni tendrá la intención de lastimarnos, de nosotros depende protegernos, cuidarnos y encontrar el equilibrio para preservar nuestra salud.

Toda defensa es una reacción y toda reacción limita nuestra libertad para elegir cómo sentirnos, cómo vivir y como amar.

Susannah Lorenzo©

Tejedora de Puentes

Desencuentros del Amor

El amor es un baile de desencuentros,
hay quienes disfrutan ser amados pero no saben amar,
hay quienes disfrutan amando pero no saben dejarse amar,
hay quienes le temen al amor porque desconocen sus bondades,
hay quienes creen amar pero apenas si aman lo que el otro les da;
hay quienes aman como pueden, como aprendieron, como les permiten sus heridas y su visión limitada;
hay quienes aman desde lo poco que se aman y entonces su amor es solo un reclamo incesante de necesidades insatisfechas;
hay quienes se animan a amar desde la vulnerabilidad y la sensibilidad arriesgando su corazón y dejando sus puertas sin guardianes;
hay quienes aman en silencio, desde la trinchera de la distancia, dibujando cielos de colores para las alas amadas;
hay quienes aman a los gritos y con intensidad desmesurada, dejando huellas que todos vean, para que así sus palabras mantengan en la celda a su persona amada;
hay quienes aman como eligen amar porque desaprenden las herencias y crean nuevas formas de armar;
hay quienes aman espejismos y fantasías de los seres amados porque son incapaces de cruzar el puente de la verdad y verlos como realmente son;
hay quienes aman la idea del amor, la ilusión de un sentimiento que quisieran vivir;
hay quienes creen que el amor es apenas un trámite, una pérdida de tiempo o un pacto de comodidades;
hay quienes creen que el amor lo es todo y sin él están perdidos.

A lo largo de mi vida he amado de muchas y diferentes formas pero si algo he aprendido en el otoño de mí vida, es que no puede conocerse el buen amor hasta que no sanamos nuestras heridas, comenzamos a amarnos y aprendemos a mirarnos con los ojos que Dios nos mira.

Susannah Lorenzo ©
Tejedora de Puentes 

sábado, 31 de diciembre de 2022

Verdaderas intenciones


 

Tienes que saber que yo te veo, te reconozco, te honro y te celebro.

Te veo tal como eres, te amo así, de principio a fin; no cambiaría ni un centímetro de tu geografía o de tu océano interior.

Yo te leo, leo lo que escribes y lo que callas, leo tus miradas, leo tus gestos, leo tus metáforas y respiro con tus palabras.

Yo te escucho, lo que susurras, lo que guardas, lo que gritas en la distancia, lo que recitas como un verso amado y lo que lees con amor de contadora de cuentos  y mujer medicina.

Yo creo en ti, creo en tus talentos, creo en tus dones, creo en tus sueños, creo en tus deseos, creo en tu potencial y tu capacidad infinita; yo creo en ti, sobre todo cuando nadie cree en lo que haces o dices.

Yo te cuido, para que nada te falte y nada te dañe, yo te alcanzo y te pueblo con la magia que Dios puso en mis manos.

Yo te amo, con desvelo y con respeto, con pasión y con ternura, con despojo y con arrojo; yo te amo con el compromiso de saberte plena y honrar el templo sagrado donde habita tu alma.




Yo me postro a tus pies para pedirte perdón, porque a veces no te escucho y dejo que las voces y ruidos de otros me pueblen de miedos y dudas.  Te pido perdón porque te descuido y dejo que la desidia y la  indiferencia de otros te vuelvan invisible.  No necesitas que nada ni nadie valide tu presencia, porque tu presencia va más allá de la voz que se multiplica en las redes sociales o las palabras que viajan para ser leídas por otros corazones.  Tu presencia es como la Divinidad misma, como el aliento de Dios en tu corazón, como la voluntad del Cielo que se expresa en lo imperceptible y cotidiano, como los milagros que no se anuncian pero te arrastran hacia el poder de lo que no guarda razón.

Dios te ve, yo te veo.  Dios te ama, yo te amo.  Dios te habita y mi compromiso en este inicio de año es habitarte plena e intensamente, sin medias tintas, sin miradas ajenas ni juicios que prometen aceptaciones vacías.

Te quiero bien.  Me quiero bien.  Te amo bonito.  Me amo bonito.

Si ellos no saben, no entienden, no pueden o no quieren, solo Dios puede perdonarlos o guiarlos.

Tú si sabes, yo también.  Tú entiendes y yo te entiendo.  Tú puedes y yo quiero.  Me perdono y te perdono, porque siempre fuimos tú y yo mecidas en el Amor de Dios.

Te tengo y me tienes y con eso, alcanza.

Susannah Lorenzo©

Susie / Soledad Lorena / Meherdeep Kaur

31.12.2022


jueves, 15 de diciembre de 2022

Los números que nadie conoce

A veces dejamos que las personas nos castiguen y nos juzguen, porque interiormente nosotros estamos llenos de culpa y sentimos que hemos fracasado aunque hayamos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance y realmente hiciéramos lo mejor que podíamos con los recursos y la situación.




Una de las situaciones dolorosas de mi último viaje y encuentro familiar, fue darme cuenta que aún mi familia (incluyendo mis hijos) me acusan de haber  “abandonado” a mis hijos cuando eran adolescentes, ‘enviándolos’ con su padre.  Sumado a eso, cada vez que tienen ocasión (generalmente para fechas especiales) me recriminan haber tomado siempre decisiones equivocadas (en realidad usan palabras ofensivas que no quiero reproducir). 

No tienen ganas de escuchar mi verdad, prefieren sostener una verdad que construyeron a través de ‘me dijeron’, ‘supuse’, ‘me imaginé’, porque la mayoría no estaban ahí; y mis hijos que eran adolescentes, no supieron toda la verdad en su momento. 




1984 – Me casé (embarazada) con el padre de mis tres hijos, quien desde el comienzo no asumió su responsabilidad ni como padre ni como esposo.  Yo estudiaba, llevaba la casa, cuidaba mis hijos, trabajaba fuera de casa y en casa y me ocupaba de todo lo que había que resolver.

1988 – Me mudé a Mendoza (desde San Juan) con mis tres hijos (la menor de 10 meses) escapando de una situación de violencia doméstica (con todos los tipos de violencia posible).

Siempre fui madre sola, aunque me divorcié pronto, era una madre soltera.  Para quien no lo es y no sabe lo que implica, una madre sola decide todo, resuelve desde las tareas de la casa como limpieza y lavado, las compras diarias y semanales, salir a trabajar fuera para conseguir el sustento, pagar las cuentas, elegir la escuela, lidiar con las maestras que exigen una madre presente; en resumen, es una sola persona para cumplir dos roles.




El padre biológico de mis hijos jamás cumplió con la cuota alimentaria estipulada (tengo resúmenes de cuenta bancaria judicial sin movimiento que lo demuestran)  y hubo un momento en que me cansé de recorrer juzgados de familia, comisarías y audiencias.  Conseguir trabajo siendo una madre sola de tres hijos no es fácil, debes prometer que vas a trabajar como una mujer soltera y serás eficiente sin importar lo que pase en tu casa; lo cual implicaba no tener permiso ni tiempo para ir a reuniones escolares o audiencias para pelear por un derecho que debería ser defendido por el estado.

Cuando trabajas entre 12 y 16 horas por día, duermes 4 y tienes tanto para resolver y decidir, seguramente te equivocas.  La mayor parte del tiempo una se siente abrumada, sobrecargada, exigida, fuera de control y simplemente hace lo mejor que puede con los recursos que tiene, y muchas veces, como siempre digo, se elije lo menos malo, sabiendo que no es lo ideal ni lo que necesitamos.

Cometí muchos errores, claro que sí, quien mucho hace, más posibilidades de cometer errores tiene.  Quien nada hace, pues no se equivoca y no es juzgado ni criticado, simplemente se convierte en una montaña de excusas ausentes y que luego se lavan con un par de mentiras.




Es muy difícil tener capacidad de ahorro cuando tienes que pagar guardería o niñera para que cuiden a tus hijos mientras trabajas, más de la mitad del sueldo se va en eso y en el consumo extra que significa otra persona en tu casa.  Si estás fuera de casa 12 horas trabajando, probablemente ni los alimentos ni los elementos de limpieza rindan como si tú los cuidarás, seguramente habrá derroche y en el peor de los casos, gastarás casi el doble que si tú estuvieras en casa, porque además cuando llegas no tienes tanto tiempo para hacer todo lo que tienes que hacer.



2001 – Luego de quedarnos dos veces en la calle por no poder pagar el alquiler y andar con un par de bolsos en lugares prestados, decidí escribir una carta y reclamar al padre de mis hijos, amenazándolo con incluirlo en el Registro de Padres Morosos que se había creado en el país. Yo estaba muy mal de salud, con endometriosis, fibromialgia y una neumonía que me dejó más débil que de costumbre. Mi salud se agravó luego con anemia y episodios de amnesia.

45,000 Pesos argentinos – Esa era la deuda que el padre de mis hijos tenía conmigo cuando mi salud y mi falta de trabajo complicaron nuestras vidas y yo tuve miedo de que algo me pasara y mis hijos quedaran en la calle, desparramados en alguna institución.  Astutamente, el padre de mis hijos envió un par de meses el valor aproximado de la cuota alimentaria mensual para que pudiéramos pagar un alquiler, luego exigió visitarlos y repentinamente dijo que le era imposible seguir aportando lo que le correspondía.  Envió una carta para ofrecer techo, escuela y comida para mis hijos como compensación.  Eligió no ponerse al día con lo que debía y no hacerse cargo regularmente de las cuotas alimentarias (como era su obligación) hasta que mis hijos cumplieran 21 años.  Desbordada, enferma, agotada y exhausta, preferí enviarlos con él, porque sabía que tendrían casa, comida y escuela.  No quería verlos pasar más hambre ni perder otro año de escolaridad.  Ninguna de las personas que me juzgan o sostienen sus verdades estaba ahí.  Solo yo, Solo Dios, sabemos lo que sentí y que no puede medirse ni demostrarse en números.




Aún teniendo 58 años, cada vez que mi situación se complica financieramente o mi salud se complica, llueven las críticas, las palabras ofensivas y la certeza de que todo es mi culpa, porque hice todo mal; como si alguna de esas personas hubiera podido hacer algo mejor en mi situación.

Los adjetivos que suelen usar (y que se pueden repetir) son: irresponsable, mala madre, inestable emocionalmente, inútil financieramente, mala administradora del dinero, desamorada y ‘abandónica’ (propensa a abandonar a los seres queridos).




5,591,441 Pesos argentinos – Es el valor de la deuda que sostiene el padre de mis hijos conmigo.  Es decir, lo que en 2001 era 45,000 pesos, ahora equivale a cinco millones, quinientos noventa y un mil, cuatrocientos cuarenta y uno (al 2022).  Esa deuda nunca fue cancelada y no es un dinero que le debe a mis hijos, a mis hijos les debe la ausencia emocional.  La persona que trabajó hasta dañar su salud, su sistema nervioso y su equilibrio emocional, fui yo.  La persona que no pudo disfrutar su época maternal y compartir más tiempos con mis hijos fui yo. La persona que pasó noches sin dormir para atenderlos cuando estaban enfermos o padeció junto con ellos en un hospital, fui yo. La persona que movió cielo y tierra para conseguir lo que sus niños necesitaban, fui yo.  La persona que aún bicicleta anduvo kilómetros para conseguir atención médica para sus hijos, fui yo. La persona que tuvo que dejarlos ir para que vivieran con comodidades que yo no podía darles, fui yo.



Hay números de los que nadie habla, deudas que nadie critica y todos justifican, comportamientos y omisiones que todos pasan por alto.

Sé que aunque escriba esto, nadie cambiará de idea, ni tampoco cambiarán sus actitudes o sus palabras hacia mí.  Pero escribo este recordatorio, para no sentirme terrible cada vez que no logo estabilizarme económicamente, para no dejarme maltratar verbalmente por las personas que más amo.

Sé también que a esa persona no le quita el sueño la deuda que nunca canceló e incluso debe creer que son su ‘heroica’ decisión de darles techo, comida y escuela en la adolescencia (cuando ya estaban criados), había compensado todas sus deudas.  Cabe aclarar que solo mi hijo varón se quedó en su casa hasta independizarse.  Mis hijas mujeres no alcanzaron a estar dos años con él.

Pero jugar con la idea de que hay una persona que me debe 5 millones y medio de pesos argentinos, me ayuda a ver las cosas en otra perspectiva, porque en cualquier momento que esa deuda se pague, me ayudaría a ordenar muchas cosas en mi vida.

Me pasé gran parte de mi vida justificando decisiones, sintiéndome culpable por mis errores y dejándome enredar por mentiras y verdades inventadas.  A punto de terminar 2022 digo ‘basta’, ‘hasta aquí’.  A quien le incomode la verdad, que no escuche o se mantenga en la distancia.  Quien esté a mi lado o comparta momentos conmigo deberá respetarme, escucharme y ponerse dos segundos en mis zapatos para imaginar cómo es transitar un camino que nunca recorrieron.

Susannah Lorenzo / Destejiendo Puentes maltrechos

15 de diciembre de 2022