domingo, 18 de octubre de 2026

Llovizna en el corazón

 



Es domingo. Ha amanecido nublado y lloviznando. He intentado mantenerme ajena a la fecha que se celebra hoy en Argentina, pero no hay forma de escapar; aunque no deambule por las redes sociales, hay celebración y reuniones familiares en el vecindario.

Desde ayer, el corazón duele intensamente, el verdadero síndrome del corazón roto que parece traspasar todo el pecho con una enorme espada, como la carta de 10 de espadas que salió ayer en el Tarot. En la carta de White Sage Tarot, 10 espadas atraviesan una cinta de color verde que representa el Chakra del corazón; no podría describirlo mejor.


Ayer deseaba con todas mis fuerzas recibir dinero para comprarme algo rico, como esas cajas o desayunos que ofrecen dulce y salado; y también para regalarme algo bonito. Me di cuenta que más allá de la necesidad real económica de cubrir necesidades básicas y darme un gusto, había una carencia emocional de propiciar esa celebración que hace años no recibo de mis hijos. Parece un deseo frívolo, eso de compensar los regalos que no recibimos con auto regalos; pero en el fondo es una muestra de amor propio de auto celebración, de aceptar que a pesar de las distancias y los errores, fui la mejor madre que pude, dadas las circunstancias y limitaciones.


Es domingo, llovizna en el corazón. Me he despertado sin ganas de hacer nada, con el deseo de poder comprar todo preparado, sin hacer ningún esfuerzo, y buscar la manera de que el día sea un poco más amable. He juntado fuerzas, me he duchado con agua bien caliente para aliviar los dolores físicos; he limpiado los trastos acumulados en la cocina desde ayer y me he inventado una especie de pan con harina, una zanahoria rallada y el último huevo que quedaba en la heladera. Debería hacer pan para comer el resto del día, tengo harina para eso, pero me pregunto si la tristeza hará que el pan salga amargo. Es que hoy no tengo ganas ni de cocinar, ni amasar, ni limpiar, ni trabajar, ni ocuparme de nada más que de navegar esta melancolía y aliviar el dolor que me perfora.


Mi alma, mi espíritu, mi consciencia superior, la terapeuta holística y la aprendiz de mujer medicina comprenden la realidad, entienden las distancias y respetan los tiempos de sanación de las personas que amo, especialmente de mis hijos. Sin embargo, la mujer mundana, la mujer terrestre, la madre terrena, no puede evitar el dolor de la ausencia y el peso de una condena no merecida.


Es domingo, Día de la Madre en Argentina. Susie, la hija que fui, está triste. Susana, la madre que fui, está triste. Ambas relaciones estuvieron marcadas por distancias emocionales, malos entendidos, suposiciones, rumores infundados, historias inventadas, mentiras normalizadas y un canal de comunicación demasiado contaminado por influencias de terceros.


No se trata de la carencia afectiva de sentirse amada o valorada, sino del profundo dolor que se puede sentir como madre, cuando somos conscientes del dolor, la amargura, el resentimiento y el enojo que aún causa nuestro nombre en el corazón de nuestros hijos. Es domingo, y este día es la confirmación de una realidad que ha perdurado por demasiado tiempo y confirma la ausencia de un milagro que tarda en llegar. Ayer sábado salió el sol, en medio de semanas climáticas con lluvia, frío, viento y cielos encapotados. Ese día soleado era también el contexto propicio para sentimientos encontrados, para albergar aún una pequeña dosis de esperanza: quizá un mensaje, una sorpresa bonita, un intento de cruzar el puente.


El cielo gris de hoy fue tan real como la cruda realidad que da cuenta de heridas que aún no sanan, corazones que no perdonan y exilios que no prescriben.


Como madre y como pitonisa, puedo percibir sus emociones y detectar las energías que los mueven, los pensamientos que los habitan y los silencios que los mantienen alejados de la paz que sus corazones necesitan.


Como Terapeuta Holística comparto recursos en mis canales y páginas web que podrían ayudarlos, guiarlos y acompañarlos; parece casi irónico que pueda ser faro para tantos navegantes desconocidos y los barcos de mis hijos prefieran enfrentar las tormentas con la certeza de que mi voz es un canto de sirenas y no un mapa para sus vidas.


La imagen de la Virgen de Fátima que me sonríe desde el altar principal, me recuerda que tengo muchos motivos para sentirme bendecida y agradecida, lo sé. Ella preside ese rincón sagrado en gratitud eterna porque dos de mis hijos viven por obra y gracia de Sus Milagros. Sé que hay madres que hoy no pueden celebrar porque han sobrevivido a sus hijos y preferirían ser una madre del exilio, como yo, y saberlos vivos y realizando sus sueños.


Todo eso lo sé, a nivel racional, a nivel de consciencia del alma; pero hoy no me alcanzan las bendiciones, hoy quiero más, me gustaría más, deseo algo más. ¿Es acaso egoísta o descabellado pedir más bendiciones? ¿Es siquiera un despropósito esperar más milagros?


No escribo para generar lástima, pena o siquiera compasión. Escribo para que las palabras saquen una a una esas espadas que atraviesan mi corazón; escribo para que la llovizna encuentre su cause en el escrito. Al terminar este párrafo, una nubes se han apartado, creando un hueco en el cielo por donde el sol da de lleno en el altar, las plantas y la Madre María. No es casual, lo sé, Ella me acompaña y me contiene, me da refugio y consuelo.


Mi proceso de sanación consciente del vínculo con mi madre comenzó mucho después de los 40; creo que sostenía la ilusión de que mis hijos comenzaran un poco antes, pero con 41, 40 y 39, aún parecen estar alejados de la intención de encontrar paz en sus corazones.


Dios lo sabe, lo que primero le pido, siempre, es que puedan sanar y recuperar el vínculo entre hermanos, sin gritos, sin reclamos, sin agresiones, sin burlas, sin resentimientos y sin culpas; con amor, con respeto y con gratitud. Restaurar sus vínculos fraternos, no sólo sería una transformación para sus vidas y su mundo emocional, sino que sería una ofrenda de amor para generaciones venideras, sus hijos y nietos; mis nietos y bisnietos.


En la distancia los bendigo, acaricio sus corazones, pido medicina sagrada para sus heridas y susurro canciones de cuna allí donde su niño interior se acurruca asustado y dolido.


Quizá algún día, se permitan conocerme, en esta versión transformada, alejada de aquella mujer tan rota por dentro que los amó desde la carencia emocional y los traumas sin sanar.


Tal vez, antes de que me vaya de este plano, podamos compartir un encuentro en armonía, en paz, con respeto y con amor.


Mientras tanto, sigo eligiendo la distancia y manteniéndome a salvo en el exilio; mi corazón ya no resiste más gritos, acusaciones injustas, reclamos, agresiones verbales o gestos de despecho.


Establecer un límite para no ser acusada y culpada constantemente por todo lo malo de sus vidas no es solamente un acto de amor propio para preservar mi salud mental y emocional; es también, una forma de protegerlos de si mismos, porque cuando permitimos la violencia en cualquiera de sus formas, sabemos que ellos mismos lo reciben como un bumerán.


Susannah/Susie/Mummy

18 de octubre de 2026