domingo, 17 de septiembre de 2023

Aprendiendo a los casi 60

 



No necesitas que nadie te ‘corone’ para sentir tu poder.

No necesitas que otros te amen para comenzar a amarte.

No necesitas cambiar tu aspecto, tus palabras o tu forma de caminar, para que ya nadie se burle, te critique o te condene.

No necesitas inventar códigos secretos para escribir tus verdades.

No necesitas susurrar lo que tanto te duele.

No necesitas sumarte a las tendencias de moda para que valoren tu talento.

No necesitas disfrazarte de lo que no eres para sentirte aceptado/a.

No necesitas permiso de nadie para mostrar tus alas, entonar tu canción o bailar al ritmo de tu corazón.

No necesitas justificar tus conversaciones con Dios.

No necesitas demostrar lo que solo tú puedes ver, sentir o imaginar.

No necesitas dejar de tener miedo, para avanzar.

No necesitas esconderte para hacer lo que disfrutas.

No necesitas que te aplaudan para aceptar que lo estás haciendo bien.

No necesitas una medalla para saber que eres la heroína de tu vida.

No necesitas un mapa para emprender el verdadero viaje.

Necesitas simplemente ser tú, irrepetible, única, asombrosa, bellamente imperfecta, legendariamente atrevida, mágicamente invencible.

Allí afuera está lleno de niños asustados, sin permiso para ser quienes son; no dejes que te apabullen, tú solo brilla y que se vayan acostumbrando.

Susannah Lorenzo© – Casi 60

Leído en voz alta



domingo, 23 de julio de 2023

Madres lastimadas y el perdón que no alcanza

Para las mujeres que hemos debido criar a nuestros hijos cubriendo (o intentando hacerlo) las ausencias emocionales o económicas (o ambas) de sus padres biológicos, el sujeto es siempre un ‘mal nacido’ que no se merece a nuestros hijos.  O sea, que nuestros hijos terminan siendo hijos de un mal nacido; nos guste o no, y de algún modo se convierten en mal nacidos, en el verdadero sentido de la palabra.  Es que no alcanza con amar a nuestros hijos y hacerlos el centro del universo.




Dentro de nosotros se gesta un resentimiento apestoso que contamina lo que pensamos, sentimos, hacemos y decimos.  Algunas madres lo gritamos a los cuatro vientos y advertimos a nuestros hijos sobre las intenciones manipuladoras de quienes sólo buscan satisfacer su ego y sus necesidades mezquinas.  Otras madres eligen callar sus pensamientos y sostener una imagen paternal ficticia esperando a que los hijos descubran por sí mismos lo que inevitablemente los dañará algún día.

En muchos casos, las restricciones de acercamiento o situaciones judiciales que malogran el vínculo para resguardar a los hijos de situaciones abusivas, violentas y perjudiciales para su salud física y mental.

Probablemente, ese sujeto violento, depravado o psicópata no se merece a nuestros hijos.

Seguramente, el padre que nunca estuvo en una guardia de hospital; no sostuvo nuestra mano  ni se ocupó del bebé cuando agonizábamos; no fue a reuniones de escuela ni hizo trámites para su educación; el padre que no pasó noches sin dormir, ni rezó para que nuestros hijos se sanaran, seguramente no merece a nuestro hijos.

Obviamente, el hombre que pidió que abortáramos y no protegió el embarazo, no merece a nuestros hijos.

Creo que los vínculos paternales y maternales (elegidos o no, buscados o no) implican responsabilidad, dedicación, sacrificio, generosidad y una consciencia del otro y sus necesidades, que van más allá de nuestros planes o deseos.

Sin embargo, aunque nos pese, nuestros hijos no serían quienes son sin ese ser, despreciable para nosotros.  Si tuvieran otro padre biológico, serían otro ser completamente diferente.




Si dejamos que ese resentimiento apestoso nos habite, si permitimos que la injusticia (de quien no cumple sus obligaciones ni ocupa su rol) se convierta en nuestro himno; entonces dejamos que la insatisfacción nos colonice y la frustración nos gobierne.

Amamos a nuestros hijos desde un corazón profundamente lastimado; ejercemos nuestra maternidad con la culpa de haber elegido mal y de no estar disponibles para maternar, por cubrir las ausencias del otro; educamos a nuestros hijos desde las heridas de una mujer abusada, violada, maltratada o golpeada (o todo eso junto); ponemos a nuestros hijos en el centro del universo sin haber aprendido a amarnos, respetarnos y perdonarnos.

Dice la Dra. Christiane Northrup que los psicópatas y los vampiros energéticos no cambian, porque nacieron con una predisposición genética, que probablemente se activó o se potenció durante una crianza en la infancia tóxica, abusiva o traumática.

No creo que nuestra actitud, oraciones o deseos puedan cambiar a esos hombres.

Pero sí creo y aprendo que si Dios los puso en nuestra vida y les permitió ser el padre biológico de nuestros hijos, es porque tanto nosotras como ellos, algo tenemos que aprender y sanar.

Por supuesto, que no es sano permitir que nuestros hijos vivan en un entorno de manipulación, abuso y violencia.  En esos casos, la distancia es necesaria.



Durante muchos años, trabajé el perdón con el padre de mis hijos.  Cuando había logrado vivir como si él no existiera (al menos eso creía), sin miedo, sin huir y sin desear que se muriera; la vida me colocó en una situación en la que terminé aceptando sus manipulaciones para que mis hijos tuvieran casa, comida y educación; algo que yo no podía darles cuando llegó su adolescencia.

Entonces, el resentimiento apestoso, la injustica cruel, las mentiras de otros, las conveniencias ajenas y los rumores esparcidos como pólvora, me quitaron la paz, la alegría y las ganas de vivir.  No sólo ese hombre me había robado la virginidad y la dignidad cuando era adolescente, también me había robado la posibilidad de una familia para mis hijos y una maternidad plenamente disfrutada en tiempo y espacio cuando era joven; sino que en ese momento me robaba el centro del universo, destruía la familia que yo sola había sostenido y se declaraba padre de tres hijos, por los que jamás se había privado de nada.

A partir de ahí, todo fue mi culpa; ¿acaso no lo había sido siempre?

Combinación letal si las hay: culpa + heridas y traumas sin sanar + resentimiento.

No sólo logró separarme de mis hijos, sino que sembró la discordia entre ellos y vendió tantas mentiras que las dudas e inseguridades se multiplicaron en sus corazones.

Me pasé más de 20 años esperando una reparación, una compensación o la magnificencia de la Justicia Divina.  Esa herida profunda que desgarró mi corazón, literalmente desgarró mis órganos y causó tantos problemas de salud y tantas historias repetidas, que Dios no me dejó más opción que aprender a sanar desde el Amor Divino.

No, no alcanza con perdonar; mientras dentro de nosotros quede una gota de resentimiento o una pequeña sed de justicia; mientras sigamos habitando el rol de víctima.

Porque entonces, probablemente el ‘mal nacido’ ya no esté en nuestra vida, pero tampoco quede rastro alguno de aquello que nos daba alegría.  Y luego descubres, que hay otros ‘mal nacidos’ que se metieron en la vida de tus hijas y nietos.  Y esos también, te quitan la paz y la alegría.




Perdonar es el primer paso en cualquier daño irreparable.

El segundo paso es aprender a sanar para recordar sin que duela y sin que nos afecte.

El tercer paso es bendecir y agradecer a ese ser tan falto de virtudes, porque nos dio la posibilidad de engendrar a los seres preciosos que son nuestros hijos.

 

Como en el oh’Hoponopono, la práctica no necesariamente transforma a quien va dirigida, sino que nos transforma a nosotros.  Entonces, poder decir y sentir:

Lo siento, porque reafirmé tu oscuridad con cada palabra y pensamiento sobre ti.

Perdón, porque no supe agradecerte el regalo de los hijos que juntos concebimos.

Gracias, porque me regalaste una caja llena de oscuridad y ese regalo me obligó a descubrir y mantener viva la luz y los colores que ya había perdido antes de conocerte.

Te amo, como el Alma que llegó para indicarme mi camino de sabiduría y aprendizaje.

 

¿Quién soy yo para decidir que ese hombre no merece a mis hijos?

Sólo Dios conoce el gran rompecabezas y el diseño final de un tapiz del que sólo somos apenas un hilo.

Quizá mis hijos sean la única posibilidad de recibir bendiciones y conocer el buen amor, que ese ser tenga en esta encarnación.

Tal vez, regresaron a él porque su alma los necesitaba más que la mía, aunque mi corazón se desangrara en el nido vacío.

Los depredadores jamás reparan el daño causado a su presa; la naturaleza, incluso, jamás reconstruye lo que destruye con una catástrofe; el jarrón que se hizo añicos contra el piso, guarda sus cicatrices aunque recupere su forma; y la hoja de papel blanco y suave, jamás regresa a su lisura original después de haber sido apretada y arrugada con furia.

Nada retorna a su estado original.  Quedarse en los ‘hubiera’, en supuestos y conjeturas, no hace más que restarnos presencia y energía sanadora en el presente.  La aceptación consciente de lo que fue y lo que no fue, como parte de un Plan Divino, es la única manera de avanzar, transformarnos y elegir mejor nuestros pensamientos, sentimientos y palabras.

Somos el resultado de lo que logramos superar y sobrevivir; pero no somos la tragedia ni el trauma; somos las emociones que nos permitimos sentir y las palabras que elegimos pensar.

Somos responsables de nuestra sanación, porque hasta el amor más absoluto y divino se contamina en un corazón roto.

Susannah Lorenzo©

Día de Santo Silencio – sábado 22 de julio de 2023

Nota 01: Poder aceptar sin rencor, celos o amargura, que ese hombre disfrute de mis hijos aunque yo no pueda disfrutar e ellos, es algo que puedo sentir por primera vez.  Eso, es un paso importante para mí.

Nota 02: 

Lo siento Adela, si te culpé tantas veces por tus ausencias y si te hice responsable por los errores de tu hijo.  Quizá, nada podías hacer para cambiar la realidad.  Ahora lo entiendo.

Te agradezco, porque gracias a ti, mis hijos son quienes son ahora.

Mi corazón sabe que tu corazón amaba y ama a tus nietos, a mis hijos.

Gracias.



 

 

 

Carta y plegaria a Jesús

 Carta a Jesús

San Luis, 22 de julio de 2023




Mi querido Jesús,

Estuve creyendo todo el día que habías faltado a la cita o que yo había perdido la capacidad de sentir tu presencia.

Como en una búsqueda del tesoro, fuiste dejando señales en estos días, para que yo me aventurara en uno de los oscuros pasadizos de mi corazón.

Me encontré una pila de recuerdos desteñidos, un gran charco de lágrimas jamás lloradas y un pozo profundo y apestoso lleno de resentimiento.  Descubrí incluso, mientras comenzaba a limpiar, que el enojo y la frustración aún vivían en mi cuerpo, manifestando síntomas físicos imposibles de controlar.

Y allí, en ese rincón oscuro, detrás de los rostros que yo mantenía condenados, te descubrí sonriente, feliz de que yo hubiera comenzado a aceptar, agradecer y bendecir.

Entonces te escuché decir: ‘Deja de exigirte, deja todo lo que tenías planeado para este encuentro; recuéstate y descansa, que yo guardaré vigilia mientras tu cuerpo expresa lo que habías guardado.’

Gracias por este aprendizaje.

Gracias por hacerme saber que en la oscuridad, tú también habitas y me esperas.

Susannah Lorenzo amándote©

Día de Santo Silencio




Ven Jesús, mi amado amigo,

recuéstate a mi lado

mientras la tormenta pasa,

cuéntame las historias

que ya nadie recuerda,

cuéntame las travesuras

que enojaban a María, 

háblame de las palabras

que tradujeron tan mal,

revélame los secretos

detrás de cada parábola,

hazme reír con las cosas

que a ti te divertían,

cuéntame de tu amor

por María Magdalena,

susúrrame en arameo

para que no olvide tu nombre

y sostén mi mano

hasta que mi cuerpo

por fin se alivie

y el temor sea solo

una palabra vacía.

 

Susannah Lorenzo© / Tejedora de Puentes

Tejedora de Cielos

 Plegaria a Jesús mientras superaba una crisis de hipertensión

Día de Santo Silencio

22 de julio de 2023


domingo, 18 de junio de 2023

Paternidades que prescriben

Suele pasar en esta época del año: de repente estoy desganada, desconectada de mi creatividad y con dificultades para enfocarme en mis bendiciones e ignorar las carencias.  ¿Será el frio crudo de invierno?  ¿Será la falta de ventas en la tienda?  ¿Será la billetera y la heladera vacía?  ¿Será el fin de semana largo extendido a cuatro días por feriados patrios?

La sensación de no sentir nada empieza siempre igual, hasta que una publicación o una frase activa las emociones reprimidas: una perdona pero no olvida; o en todo caso una perdona pero no termina de aceptar.  Es domingo día del padre, debería sentirme bendecida por la salud de mi padre de 83 años, pero eso no me alcanza hoy.

Todo comienza por comparación: hay muchas personas celebrando el día del padre y si no lo están haciendo, disfrutan del fin de semana largo turístico paseando en algún lugar.  En realidad, creo que lo que más le molesta a alguna parte de mi ego, es que el padre de mis hijos celebra su día con alguna comida abundante, con saludos sin reclamos y con reconocimientos injustos.  ¿Qué celebra?  Quizá celebra la descendencia que lleva de apellido, o el tener hijos sanos y criados que no le costaron ningún esfuerzo.  ¡Vaya una a saber cómo funciona su cerebro!





Durante 16 años, al padre de mis hijos no le importó si ellos tenían lo necesario para sobrevivir. No cumplió con sus obligaciones como padre.  No le quitó el sueño si sus hijos tenían los medicamentos necesarios o si los alimentos eran lo suficientemente nutritivos para que pudieran ir a la escuela.  No pasó días  y noches en salas de espera de hospital, no visitó tantos pediatras como fuera necesario para encontrar una solución, ni trabajó más horas de las que su cuerpo resistía para que ellos tuvieran todo lo necesario.

Después de 16 años (17 si contamos el tiempo del primer embarazo), asumió su rol de padre como un desafío, un desquite y un ajuste de cuentas, buscando evitar el pago de sus obligaciones económicas escritas por ley.  Cualquier cosa que saliera mal a partir de ese momento, sería culpa de mi ‘mala crianza’, o de mi incapacidad para sostener un techo para mis hijos, enviarlos a la escuela o darles de comer cada día.  Se valió de mentiras, manipulaciones y otros ardides para declararse padre y salvador.

¿Qué pasó con la deuda económica acumulada durante 16 años?  -- Prescribió.

¿Qué pasó con el abandono paternal? – Prescribió.

¿Qué pasó con los daños y perjuicios causados por su irresponsabilidad y falta de cumplimiento?—Prescribieron.

¿Qué pasó con los daños y perjuicios causados por su violencia física, verbal, emocional y sexual?—Prescribieron.  Y lo que es peor, nadie quiere hablar de ello y si lo hacen, pues bueno, era solo mi problema y ‘mi responsabilidad’.




No le deseo mal, ni tampoco me gustaría que mis hijos se llenaran de odio hacia él.  Ellos descargan todo su resentimiento, sus reclamos y su dolor contra mí, que fue la que siempre tomó las decisiones, la que eligió lo menos malo, la que sacrificó su maternidad para que ellos tuvieran todo lo necesario, la que hacía todo lo que necesitaba hacerse, la que calló para evitar aún más conflictos y represalias.  Sí, quien hace, se equivoca.  Quien no hace nada, pues no tiene más error que el no haber hecho nada; y para la memoria de un hijo herido, los errores visibles (lo que se hizo mal y lo que no se hizo tan bien como debería haberse hecho) pesa más que un solo error invisible.




Mientras como una porción de arroz recalentado y medio waffle de harina integral, escribo esta entrada del blog.  Hay silencio y paz; no solo porque el vecindario ha emigrado a celebrar en algún otro lugar, sino porque vivo en paz, sin gritos, sin insultos, sin humillaciones, sin controles, sin manipulaciones y sin coacción.  Eso es una bendición.

Sin embargo, una parte de mi ego, aún necesita justicia; pero no hablo de castigo, hablo de justicia.  Es decir: ¿qué pasa con todas las madres solteras que criaron solas a sus hijos y debido a ello no pudieron acomodar sus finanzas, perdieron su salud física e incluso demoraron en recuperar su salud mental y emocional?

Por supuesto que si la ley o la justicia de este país no lograron que él cumpliera con sus obligaciones como padre cuando ellos eran pequeños, tampoco lograría que se hiciera cargo de daños y perjuicios y las secuelas de su irresponsabilidad.

Pero sería bonito, que antes de que la sociedad les permitiera celebrar su día, antes de que se sacaran una selfie con sus hijos sonrientes, antes de que disfrutaran de la descendencia de su apellido cuando ya están criados (sin haber pasado por la etapa de pañales, biberones, pediatras, internaciones, cirugías y supervivencia), que se pusieran al día con esas deudas que ya olvidaron.

Es decir, sería bonito, recibir algo así como una pensión especial;  una retribución por haber hecho todo el trabajo solas; una compensación por los tormentos y carencias; un resarcimiento por todo el tiempo que no pudimos compartir con nuestros hijos; una indemnización por haber logrado que esos hijos que ellos disfrutan ahora, llegaran vivos, sanos y educados a la adolescencia.

Una indemnización o una pensión no devolverían el tiempo ni restauraría mágicamente la salud; pero si me permitiría mejorar la calidad de vida, afrontar los gastos de medicamentos; pasear y viajar para visitar a mis hijos y nietos y tener un respiro de tener que correr siempre para conseguir el dinero necesario cada mes.  Creo que además, si existiera, los ‘listillos y capullos’ que hacen su vida de solteros mientras las mujeres crían a los hijos y después vuelven reclamando perdón y vendiendo espejitos de colores, se la pensarían dos veces, porque de todos modos, en algún momento deberían pagar.

Energéticamente, creo que también sería un equilibrio, una restauración del dar y recibir.




La ley en Argentina, dice que por 3 hijos, un hombre debería aportar el 43% de su sueldo.  Supongamos que recibe un sueldo docente promedio (porque en realidad el padre de mis hijos terminó haciendo carrera en cargos directivos) de 95000 ARS a junio de 2023. Entonces ARS 40850 sería el porcentaje de cuota.  Si multiplico ese valor por 16 años de 12 meses cada uno, resulta en ARS 7843200.  Podría acomodar parte de mi vida, podría invertir en equipos para trabajar; o podría simplemente vivir un poco más cómodamente.

No me sucede todos los años, ni todos los junios, pero en junios especialmente difíciles, con renovación de alquiler en puerta, inevitablemente hago matemáticas.  No es venganza, no es resentimiento, es justicia.  Hay un sujeto que hoy está celebrando su día sin ningún remordimiento ni reclamo y que me debe casi 8 millones de pesos argentinos.

Obviamente, lo dejo en manos de Dios; iniciar un proceso legal sería tan costoso y desgastante que no valdría la pena lo obtenido.

Revisar el cálculo matemático me da paz, sobre todo ante reclamos, cuestionamientos y condenas familiares.  Soy consciente de mis errores, soy consciente de que hice lo que mejor que pude y que no siempre fue lo ideal; pero también soy consciente de que muchas de esas personas, incluyendo mis hijos, que hoy cuestionan mis decisiones, no estuvieron ahí como adultos para resolver y encontrar soluciones.  La realidad podría haber sido diferente si cada quien hubiera cumplido su rol y sus obligaciones, eso solo Dios sabe.





Para la sociedad y para la familia es fácil olvidar, callar, confundir perdón con permisividad y alegar prescripción de responsabilidad para que muchos padres puedan disfrutar de lo que ganaron con un simple esperma.

Parece una contradicción, seguramente, ya que estoy escribiendo artículos y publicaciones sobre Sanar el Divino Masculino y hablo de justicia y causas prescriptas.  Pues tiene que ver y mucho.  Es decir, Esos hombres, padres biológicos que en la vida adulta reclaman y eligen ejercer su paternidad tardía, no reconocen su abandono, no piden perdón, no honran ni respetan el trabajo hecho por las madres; exigen perdón, benevolencia y cariño.  En muchos casos culpan a las madres de que ellos se mantuvieran alejados o no cumplieran con sus obligaciones económicas y afectivas.

Energéticamente, una madre que cría sola a sus hijos, crea un desequilibrio de energías en sí misma, se masculiniza por así decirlo, para usar su energía masculina para cubrir el rol del progenitor ausente.  En la mayoría de los casos, se desconecta de su energía divina femenina para poder afrontar el desafío y mantener a sus hijos a salvo.

Por otro lado, un hombre que no asume su madurez ni cultiva su divino masculino y vive en los aspectos sombríos de su psique sin ocuparse de las necesidades de sus hijos, no solo deja secuelas en la madre y en los hijos, sino que también crea un modelo, un patrón de conducta a imitar y repetir.

Vamos a hacer una analogía: imaginemos que una persona roba a un banco, logra escapar y disfrutar del botín; se mantiene prófugo con pedido de captura por décadas  y luego por ley o por mandato social, su causa prescribe.  Esa misma persona se postula para gerente del banco y acredita idoneidad con un CV falsificado y carente de sustento.  ¿Tiene derecho a ser el gerente del banco?  ¿Está bien que olvidemos todo el dinero que robó?




A causa de mi inestabilidad económica tengo deudas, no me enorgullece, me quita el sueño.  Cada tanto hay rondas de agentes intermediarios que han comprado las deudas, que como chacales me acosan con correos y llamadas.  Y aunque no recibiera esas amenazas, a una parte de mí le encantaría saldar las deudas, me daría paz.

Podría tomar la misma conducta para cobrar lo que me corresponde.  No serviría de nada.  Primero, porque no haría mella alguna en su conciencia, ni le quitaría el sueño.  Segundo, porque yo perdería paz y me subiría a una guerra a la que renuncié el día que mi hija menor lloraba siendo bebé por no tener leche para tomar y él sólo decía: “no se va a morir porque llore o porque no tenga leche”.

Renuncié a esa guerra porque los juzgados, las denuncias, los asistentes sociales, la burocracia legal de mi país, las audiencias y los reclamos sin resultado alguno, me quitaban tiempo para trabajar y me quitaban la claridad mental necesaria para resolver lo que nadie más haría; deterioraban mi salud física, mental y emocional.

Así es que con casi 59 años, no comenzaría ninguna guerra ahora.  Pero me gustaría creer que algún día la sociedad será más justa.  Me gusta pensar que algún día la verdad pesará más que los silencios y las mentiras. Me anima creer que se puedan cultivar relaciones más sanas en las generaciones por venir.

Susie / Susannah Lorenzo

Domingo 18 de junio, Día del Padre

Aquí, aún quedan 2 días de feriado y yo aún guardo la esperanza de que las promociones y descuentos en las tiendas llamen la atención de alguien que divaga en su celular.

miércoles, 19 de abril de 2023

Camino a la libertad

 


Desde que era pequeña, quería ser mayor, quería llegar pronto a la vida adulta independiente para vivir de la manera que a mí me gustaba, para poder tomar decisiones y sobre todo para tener la libertad de crear una realidad que aliviara tanto sufrimiento.  En aquella época, para ser mayor de edad, en Argentina, había que cumplir 21 años, parecía un camino larguísimo para alguien que no llega a los 10 años.

Estaba siempre buscando escapar a través de un libro, de una historia, de una abducción extraterrestre o incluso a través de la muerte cuando ya era adolescente.  Creo que cuando somos ‘fugitivos’, aunque sea desde el plano mental y emocional, perdemos la claridad del momento presente, tenemos la percepción velada de lo que sucede a nuestro alrededor.  Es decir, estamos tan absortos en la vida que nos gustaría tener, que perdemos energía, claridad y sentido de alerta para detectar las verdaderas intenciones de las personas a nuestro alrededor.  O quizá, nos creemos poco merecedores de algo mejor y aceptamos más de lo que nos asfixia, nos aprisiona, nos condiciona y nos impide desplegar nuestras alas.

Antes de cumplir 18 años, ya me habían arrebatado gran parte de mis ilusiones y sueños de vida.  Algunos traumas pueden crear una nueva cárcel mental de culpa, vergüenza y sometimiento.  Entonces, antes de cumplir mi mayoría de edad legal a los 21, había renunciado a mis deseos de libertad y había perfeccionado la práctica de mimetizarme, esconder mis alas y apagar mi luz.




Sin embargo, mi mente siempre barajaba la posibilidad de encontrar esa libertad en otro país o incluso en otra dimensión.  Creía que si lograba apartarme totalmente de las personas que me hacían daño, lograría conocer la felicidad y la paz completa.  Pero la tormenta, el dolor y el caos estaban dentro de mí, y sin importar donde fuera, me llevaría conmigo todo aquello que me hacía padecer.

Aunque comencé mi viaje de sanación personal cuando cumplí 40, fue recién después de los 50 que pude realmente mirar en las profundidades de mi ser y comprender que nada allí afuera cambiaría hasta que yo cambiara mi forma de mirar, pensar, sentir y vivir.  Fue un descubrimiento doloroso y revelador, aceptar que mi cárcel había estado construida siempre a partir de expectativas, ilusiones, espejismos, proyecciones de otras personas, juicios intrusos que yo consideraba importantes, miedos propios y ajenos, falta de amor propio y un profundo sentido de desconfianza y falta de fe.

La década de los 50 ha sido la única etapa de mi vida en la que me he sentido plena y consciente de disfrutar mi verdadera edad;  sin querer ser otra, ni más joven, ni más vieja, simplemente lo que me tocaba ser y elegía ser en ese momento.  A partir de los 50 tuve el valor de crear Puentes, de mostrar mis alas, mis dones y mis talentos escondidos y de comenzar un viaje de amor propio que me llevó a encontrarme con Dios desde otro lugar y de otra manera.




Siento que comencé una nueva vida, que emprendí por fin el camino a la libertad que tanto había anhelado como algo inalcanzable.  La libertad estaba y está dentro de mí.

Confieso que de vez en cuando se me escapa algún mecanismo antiguo de co-dependencia o de búsqueda de aceptación: bajo la intensidad de mi luz, repliego las alas o me encierro en torres de silencio.  Esos altos y bajos, esa inconstancia en el proceso solía exasperarme y sumirme en crisis de frustración y fracaso.  Pero he aprendido que no se puede modificar en un par de años, lo que estuvo arraigado y sostenido durante medio siglo.  No se aprende a caminar en dos días, no se recuerda cómo volar con solo desearlo.  Hará falta realizar un par de vuelos fallidos, aterrizajes forzosos y accidentes por falta de pericia.  Será necesario entender que la mayor torpeza es agitar las alas constantemente, el vuelo más bello es el del ave que sabe planear y dejarse llevar por las corrientes de aire.

A punto de cumplir 59 años, siento el entusiasmo de aumentar mis horas de vuelo y disfrutar mis cielos internos que antes desconocía.  Claro que hay veces en que siento la nostalgia de quedarme con las ganas de cosas que ya no sucederán  e incluso algunos momentos de melancolía por sueños pendientes que parecen no llegar.  A pesar de eso, sería bonito sentarme con aquella niña fugitiva, con aquella adolescente atormentada o con aquella mujer joven abatida, para mostrarles esta mujer madura que ejerce su libertad con una valentía impensada.

Acercándome a los 60, como inicio de la ancianidad, estoy lejos de ser quien imaginaba ser a esta edad.  Mi vida en nada se parece a aquellas proyecciones tempranas condicionadas por expectativas ajenas.  Probablemente nadie, ni yo misma, podrían haber anticipado esta versión de Susannah.  Contra todo pronóstico, logré reescribir mi historia de mil y unas maneras diferentes, para sellar por primera vez mi pasaporte con la marca de mis alas.




Cada día es un nuevo desafío: aprender a vivir sin pedir permiso o esperar reconocimiento, mirarme al espejo con amor y respeto, disfrutar las huellas que el tiempo y la vida dejaron en mi cuerpo, ejercer el perdón y la gratitud, practicar la compasión, elegir cómo vivir cada momento, transformar las heridas en poesía, abandonar cualquier expectativa de convencer o persuadir a otros, esforzarme menos y simplemente Ser quien soy amando mis imperfecciones y mis maravillas.

Gracias.  Gracias.  Gracias.

Susannah Lorenzo© / Tejedora de Puentes

Susie / La niña que descubrió el universo dentro de su corazón

19 de abril de 2023




martes, 18 de abril de 2023

No olvidamos

No olvidamos.

Apagamos el recuerdo, anestesiamos el dolor, simulamos haber arrancado algunas hojas del libro de nuestra vida.




Si has tenido alguna vez una lesión ósea, sabrás a qué me refiero.  No importa si ha sido un hueso fracturado o un esguince que afectó una articulación, luego de unos años, o incluso unos meses, nos sentimos mejor y olvidamos el incidente.  Hasta que con un cambio de clima repentino, quizá un invierno antes de tiempo o niveles de humedad desacostumbrados, sentimos un dolor en la zona o incluso dificultad para mover ese hueso o esa articulación que alguna vez sanó.  Incluso algunas personas, pueden sentir en sus huesos los cambios de clima antes de que sucedan.

Ahora bien, ¿realmente ese hueso o esa articulación sanaron?  Es decir, quizá dejaron de molestarnos, o logramos recuperar nuestra movilidad y nuestra vida normal, sin mayores consecuencias.  Pero el hueso o la articulación afectada jamás volvieron al punto cero de restauración como si nunca hubiera sucedido nada.  La huella del incidente queda impresa para siempre en el sistema óseo, puede ser un callo sobre una fractura soldada, puede ser una articulación que quedó levemente desplazada en un par de milímetros o incluso puede quedar una deformidad interna que a simple vista no observamos.

Lo que hace el cuerpo es compensar, restaurar para que siga funcionando, crear reparaciones para proteger la zona debilitada o incluso alterar nuestros movimientos (de forma inconsciente) para que no causemos dolor en la zona dañada.  No existe tecnología ni avance médico capaz de regenerar un hueso o una articulación al punto cero; en muchos casos se colocará una prótesis que funcione como si fuera nuestra pieza natural, pero nunca será aquella parte que cambió para siempre.




Sucede lo mismo con nuestras emociones, con los traumas que afectan de por vida nuestros patrones de conducta,  nuestra forma de pensar, vivir e incluso relacionarnos con otros.

Jugamos a olvidar, intentamos hacer borrón y cuenta nueva, creemos que hemos pasado página e incluso, logramos vivir años o décadas sin recordar aquel abuso, aquella experiencia traumática, aquellas emociones humillantes o aquel dolor insoportable que parecía no irse jamás.

Sin embargo, bastará una pesadilla para mostrarnos que nuestro subconsciente guarda más información de la que quisiéramos; alcanzará con una frase o una actitud de otra persona para disparar emociones que creíamos erradicadas de nuestro sistema.  A veces, será algo tan simple como una película en la que el personaje viva lo que nosotros vivimos alguna vez; otras veces, conectaremos desde la empatía con personas que llegan a nuestra vida mostrándonos facetas que nosotros ya superamos, o creímos haber superado.

Quisiéramos poder reformatear nuestro cerebro para no recordar aquello que cada tanto nos perturba.  Pero la memoria emocional no solo está guardada en nuestra mente, deja su huella en nuestros órganos, en nuestro cuerpo, en nuestra piel, en nuestros mecanismos de defensa, en nuestras cicatrices visibles e invisibles o incluso en posturas físicas que alguna vez adoptamos sin darnos cuenta.

Eliminar todo rastro de información crearía un vacío que nos despojaría del aprendizaje que nos ayudó a llegar al lugar donde estamos ahora y a transitar la vida desde una mirada de compasión y sabiduría.  Ya no somos las mismas personas que vivieron aquellos hechos aberrantes o dolorosos, pero  sí somos el resultado de las lecciones de vida y de los recursos que usamos para sobrevivir.




No olvidamos.  Aprendemos a vivir con las heridas, los traumas, las cicatrices, las secuelas y las emociones.  Así como aceptamos que nuestro tobillo dolerá cuando llueva, o el hueso que alguna vez se astilló, nos moleste en invierno; debemos entender que no hay forma de volver al punto cero y ser lo que éramos ‘antes de’.

Esforzarnos por olvidar y no recordar nada puede ser tremendamente peligroso para nuestra salud física, mental, emocional y energética.  Ya sea porque reprimimos las emociones o porque generamos ruido y ocupaciones mundanas para distraer la mente, terminaremos siendo adictos a aquello que nos aleja de una realidad que nunca elegimos conscientemente.  Nos volvemos entonces, adictos al trabajo, a la soledad, a las salidas tumultuosas, a los analgésicos, a las relaciones banales, a la victimización, a los miedos, a las excusas, a la depresión, a la frustración, a la negatividad, al dolor, a la música ensordecedora, a los dulces, al alcohol, a los chismes,  a las drogas, a las relaciones tóxicas, al silencio, al auto boicot, a posponer lo que nos sana, a los desvíos, a las puertas cerradas, a los desquites, a las venganzas, a la enfermedad, a los síntomas y a las historias de sufrimiento.




Retomando la analogía de los huesos, ¿por qué cada tanto el cuerpo nos recuerda que hubo una parte dañada?  Para que seamos precavidos, para que no exijamos a esa zona demasiado esfuerzo, o movimientos que no resistiría.  Es una parte nuestra que debemos tratar con respeto, amorosamente y con cuidado, porque no tiene la misma resistencia o fortaleza original.

Olvidar es negar.  Negar es condenar ese recuerdo a un lugar carente de amor y de luz en nuestra sombra (subconsciente).

Por supuesto, no se trata de victimizarnos una y otra vez, de cultivar el resentimiento, la venganza o la sed de castigo.  Lo que importa es reconocer y aceptar que esa parte vulnerable de nosotros jamás volverá a ser como era y tampoco es sano esperar que así sea.  ¿Cuál fue la bendición oculta?  ¿Qué fue lo que aprendimos?  ¿Qué decisiones tomamos o qué cambios hicimos en nuestra vida que nos llevaron a vivir situaciones bonitas o bendecidas, que de otro modo no hubiéramos experimentado?  ¿Cómo puedo amar y atender esa herida emocional?  ¿Cómo puedo aprender a vivir con ella?




Si yo soy consciente y hago visible en mi interior esa herida o esa cicatriz y la acepto como parte de quien soy ahora, sin rechazo, sin negación, sin vergüenza, sin impotencia y sin frustración; entonces lo que quiera que suceda fuera de mí no me afectará ni me causará dolor alguno que no pueda soportar o que no sepa cómo afrontar.

Olvidar es negar y desear que algo nunca hubiera sucedido.  Ese deseo nos mantiene esclavos, de algún modo, de una paradoja y de un pasado poblado de ‘hubiera sido mejor’ o ‘hubiera sido distinto’.  Esa negación desgasta nuestro esfuerzo y nuestra energía en imaginar escenarios diferentes para un tiempo, un espacio y una dimensión a la que ya no tenemos acceso.

El recuerdo sano y consciente, desde la paz de aceptar lo que sucedió y lo que nunca pudo ser, nos permite la libertad de sentir y vivir plenamente el momento presente; amando lo que aprendimos a ser, sanando lo que aún duele y liberando las expectativas de lo que no fuimos, no somos y no seremos.

Susie©

Se me ha metido el invierno en todos los rincones donde alguna vez me dañaron.

Susannah Lorenzo©

Tejedora de Puentes

18 de abril de 2023

Escritura Terapéutica




sábado, 15 de abril de 2023

Aprender a aceptarse


 

Esta Carta de Puentes ya me ha aparecido recientemente, no es un mensaje nuevo para mí, es un trabajo  que comenzó cerca de los 40 y parece no tener fin.

Es fácil aceptarse cuando nos aceptan, nos celebran, nos elogian, nos acompañan en nuestros proyectos y aplauden nuestros talentos.  El desafío es Aceptarse cuando otros nos rechazan o simplemente nos invisibilizan.

Es casi espontaneo aceptarse cuando nuestra cosecha es abundante, cuando nuestros proyectos florecen en los tiempos que necesitamos y cuando todo aquello que nos proponemos parece fluir fácilmente.    Lo difícil es aceptarse cuando todo se demora, se traba o simplemente no sucede según nuestras expectativas.

Hay que hacer un esfuerzo para aceptarse cuando nuestra magia ha dejado de funcionar para no incomodar a otros;  o cuando los cielos nublados solo prometen tormentas y el pronóstico se equivoca al anunciar el regreso del sol radiante.


Así está el cielo desde hace unos días en San Luis, Argentina

Cuando nuestra niña interior solo creció  con juicios, amonestaciones, condenas, críticas y menosprecio; seguramente desarrolló un mecanismo de defensa para ser ‘aceptada’.  En ese proceso de ser ‘aceptados’ a cualquier precio, desarrollamos la habilidad de escondernos, hacer invisibles nuestros dones, ocultar nuestros talentos, transformar nuestra personalidad y hacer ajustes en el brillo de nuestra luz, para disminuir el rechazo.  Sin embargo, al luchar inconscientemente para no ser rechazados, terminamos inevitablemente rechazándonos nosotros mismos.  Nos negamos.  Nos desconocemos.  Nos alejamos de nuestra esencia. No aceptamos esa versión perfectamente divina creada por Dios, porque interfiere con las expectativas, deseos y frustraciones de las personas que nos rodean.

Esta carta llega para recordarme que tengo que aceptarme cuando menos creo que lo merezco, cuando parece que soy un fracaso, cuando no logro nada bonito, cuando me cuesta creer que Dios me hizo así, a su imagen y semejanza; cuando el propósito divino no concuerda con estadísticas, reglas sociales y mandatos familiares.

Entonces, me paro frente al espejo, me miro con compasión y repito: Me Acepto; aunque solo parezca un eco vacío, aunque no termine de sentirlo o creerlo; porque de tanto decírmelo, terminaré creyéndolo y creando el sentimiento que necesito.  Las frases que nos llevaron a no aceptarnos, fueron repetidas en nuestra vida, cientos y miles de veces, por eso resultaron efectivas.  Ahora nos toca a nosotras, convencernos de lo que Dios ya sabe.


Repito este Mantra 3 veces en la mañana y 3 veces en la noche.  Prueba.

Susannah Lorenzo©

Tejedora de Puentes

Susie, sentada a la orilla de un Puente perdido en la neblina

 

Así está el cielo desde hace unos días en San Luis, Argentina


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