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viernes, 12 de abril de 2024

Confianza desmedida

Las memorias pueden registrarse en nuestro sistema en diferentes formas y colores; algunas se agrupan por aromas, otras por datos concretos como fechas y aniversarios y unas pocas se activan con un estado del clima, una sensación física de un momento casi idéntico en otro punto del calendario.

Como un hilo conductor invisible, hay un arroyo subterráneo que dormita en el olvido forzado, ese que nos permite disfrutar el presente a pesar de las incertidumbres y las tragedias.

Bastará una gota, un segundo, un parpadeo y el arroyo podrá desbordarse creando cascadas de emociones que pujan por tener su protagonismo.

Entonces, alcanza con un día de invierno anticipado en un otoño que aún jugaba a ser verano; un par de noches bajo mantas que no logran disimular las corrientes gélidas en las ventanas imperfectas;  la memoria intacta de tiempos inciertos y una vida comprimida en valijas y cajas.




Imprevistamente y sin aviso, los fracasos se multiplican en efecto dominó; son días en que las bendiciones parecen no bastar y una siente que todo el esfuerzo y el esmero no ha sido más que un pasatiempo sin huella aparente allí donde se cuecen los logros y méritos.

Las matemáticas se convierten en cálculos tiranos que tamizan todo con la inescrupulosa frialdad de cifras con más pena que gloria.

Hay un cuco que asoma en la puerta entreabierta de un ropero en desgracia, hay una pesadilla bajo la cama que acecha en las noches de insomnio; una juega a ser adulta y a vivir en positivo, pero el calendario anuncia sin piedad un vencimiento que se acerca con estos días de invierno.




Hace casi tres años, desde una actitud terriblemente derrotista, renunciaba a todo proyecto personal y profesional, asumiendo mis fracasos como única constante de una vida marcada por carencias, pérdidas y desaciertos.  El nuevo destino fue elegido desde un listado de ciudades liberadas de restricciones para la pandemia de turno.    Ya no tenía sueños ni esperanzas, no había planes fantásticos ni alegrías agazapadas a la vuelta de la esquina.

En una rara combinación de días grises y memorias grabadas en los huesos, todas las emociones se agolparon para dejarme abatida como entonces.  No soy la misma, eso creo, siento que he aprendido, sanado y transformado mucho dentro de mí.  Aún así,  no ha habido grandes mejoras en la vida tangible y cotidiana, no hay estabilidad económica y tampoco proyectos que florezcan anunciando tiempos mejores.

Aunque descosa mi mente y estruje mis ideas hasta trenzar lo imposible, no tengo respuestas ni certezas, no tengo recursos para planear ni siquiera mi vida durante el fin de semana.  He hecho todo lo que estaba a mi alcance y más en estos tres años, he sembrado con pasión, con amor y con dedicación; he cultivado mis dones y talentos y he creado contenidos en diferentes formatos y plataformas.




Estos días sin sol (aparente) me invitan a la comparación inevitable:

  •      la hostilidad que parecía expulsarme de los lugares hace tres años no es parte de mi vida ahora; a cambio hay una paz cotidiana, una calma que viene de la invisibilidad y la indiferencia, como si hubiera estado a salvo en una burbuja atemporal.
  •      En aquellos tiempos seguía buscando excusas para morir, razones para desvanecerme sin dejar rastro; hoy en cambio, busco razones para permanecer, disfrutar y vivir siendo quien Soy en verdad.
  •      Hay una confianza desmedida en Dios y en mi misma que me sostiene aún en los días más difíciles.


Según el diccionario de sinónimos:

Desmedida: desmesurada / enorme, gigantesco.




Siento que este año es una verdadera prueba de fe y de confianza, esa fe basada en la certeza de que Dios todo lo puede, aunque no haya una sola evidencia de que estaré a salvo dentro de dos meses.

Confío en ese Dios que llega con sus huestes en el último instante en que la daga parece caer sobre nuestra cabeza; creo en ese Dios que orquestó fuerzas mágicas para levantarme en vilo de la arena de los leones hace tres años atrás y me depositó en una coordenada diferente con la misma facilidad con que se desliza una pluma.

Confío en mi siembra, en cada una de las semillas, en todo el amor puesto en mi trabajo.  Creo en que tanta inspiración Divina no puede quedar adormecida en archivos que nadie consulta; confío en que todo es energía y en el momento propicio serán más lectores que libros y las semillas se multiplicarán en el don de la palabra leída.  Confío en que Dios me sostiene aquí en esta dimensión con un propósito que no alcanzo a comprender desde mi mente estrecha.




He dejado de responder preguntas, porque no tengo respuestas diferentes y porque ya no quiero justificarme como si estuviera fallada o fuera un fracaso andante.  He dejado de medirme con otras personas y de comparar mis logros en base a realidades diametralmente diferentes.

Puede que muchas personas hayan dejado de confiar en mí porque no puedo diagramar mi vida en una planilla de cálculos.  Esa es una  medida de confianza que cotiza demasiado en la bolsa de valores de la vida.

Creo que la verdadera confianza es esa que Dios sostiene cada día, cuando apuesta su Voluntad y Gracia Divina para encomendarme sus mandados y considerarme una digna mensajera de su palabra.

Creo que la verdadera confianza es esa que Dios me pide cada día, cuando me dicta renglones que nadie parece leer y me invita a disfrutar la gloria de sus cielos, aún cuando el sol parece esquivo.

Siento que la verdadera confianza es esa que hoy no tengo, porque las estadísticas de mis tiendas y mis plataformas de difusión no me permiten elegir cómo vivir mi vida; y sin embargo, sé que quizá mañana o dos días después, mi cielo interior se despeje y Dios me recuerde que siempre hay un milagro disponible para el corazón que cree.

Me he pasado la vida juzgándome y permitiendo que otros me juzguen; teniendo conversaciones mentales o reales para justificar mis errores y fracasos; intentado lograr aquello que me haría sentir aceptada y celebrada; buscando encajar en sitios donde nunca pertenecí; guardando silencio para no despertar demonios ajenos y ocultando mis colores para no ofender corazones grises.

Soy, por así decirlo, una aprendiz tardía que experimenta lo que significa vivir como una Hija de Dios.  Siento que mientras más me acerco a Él, más lejos estoy de otros seres humanos y eso a veces me entristece.  Con Dios puedo ser tal como soy, conoce mis miserias y mis bendiciones, mis defectos y mis virtudes, y aún así me ama incondicionalmente y me alienta a continuar sin disimular nada de mi esencia.




Una aprende a mantener distancia con las personas que ama, porque sabernos la causa de su decepción, su preocupación o su angustia, no hace más que multiplicar el desánimo y la desconfianza.  En el fondo, de eso se trata todo, el buen amor confía.  El buen amor confía en que la persona podrá superar todas las dificultades siendo así como es, con sus dones y talentos, con sus debilidades y fortalezas.  El buen amor confía en que Dios le dará a esa persona amada las oportunidades necesarias para encontrar Su propio camino sin necesidad de renunciar a la alegría de Ser.

En esta tarde gris, me doy permiso para sentirme abatida, abrumada, triste y llena de desesperanza.  Hoy me permito acumular ganas de todo eso que me gustaría hacer y no tengo recursos para llevarlo a cabo.  Llueve afuera, llueve aquí dentro en el corazón y hasta una mueca de sonrisa se convierte en un esbozo de lágrima.  Me encantaría que fuera una lluvia de milagros y bendiciones, de semillas florecidas y frutos cosechados, de placeres permitidos, de alivios inesperados y de almanaques sin vencimientos.

Pero hoy es hoy, aquí y ahora y tengo demasiadas razones para sentirme extenuada.  Sólo Dios sabe y con eso me basta. Hoy la incertidumbre me acosa y me vence con sólo insinuarse; pero aún así, he aprendido a confiar, de forma desmedida, en que una mañana, sin razón aparente sonreiré nuevamente y aún el milagro más pequeño creará cielos de colores.

Susannah Lorenzo /Tejedora destejida

12 de abril de 2024

 


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sábado, 30 de abril de 2022

Entre Mundos

🐠 En mí última semana como pez varado en la arena he aprendido a no sentir vergüenza ni culpa por no lograr éxitos económicos.

Cada ser vivo tiene sus habilidades, sus limitaciones y fortalezas. Un pez no puede escalar un árbol como un mono, pero un mono no puede pasearse por el océano como lo hace un pez.

Así como cada especie animal tiene sus características de vida, hay diferentes especies de seres humanos, por así decirlo. Dios nos ha creado a su imagen y semejanza, lo cual implica que Dios vive en nosotros y puede obrar a través de nosotros. Por eso nos ha hecho totalmente diferentes: hay grupos identificados por su origen ancestral, por su cultura, por su nivel de consciencia, por sus dones, por sus misiones, por su ascendencia planetaria y muchas otras más.

No podemos exigir que todos los seres humanos sean exitosos económicamente; así como algunos son excelentes matemáticos, otros son excelentes escritores y otros son bailarines alados.

La Madre Teresa no era una persona exitosa económicamente, pero su energía, su fuerza, su compasión, su amor y su sonrisa dejaban huella en todos los corazones y derribaban barreras humanas. Tenía la amorosa bondad maternal de la Madre María pero también se movía con Jesús en su corazón y en sus sandalias.

No soy la Madre Teresa ni por asomo.

Pero su ejemplo contemporáneo me recuerda que hay seres que vivimos entre mundos, entre el cielo y la tierra, entre lo sutil y lo denso, entre lo espiritual y lo mundano.

🧜🏻‍♀️Moverse entre mundos se parece bastante a las películas de viajeros en el tiempo: el cuerpo físico es denso y no siempre se adapta tan fácil y rápidamente a los cambios del espíritu. A veces sufre dolencias hasta que aprende un nuevo equilibrio o vibración. A veces, se queda varado en el plano físico mundano, porque las nuevas actualizaciones de sus chakras aún no encajan en un cuerpo cansado y envejecido.

Mis grandes logros son intangibles, algunos visibles y otros no tanto. Tengo dones y talentos que otras personas no tienen. Los honro, los pongo al servicio de Dios y vivo en consecuencia. No soy ni mejor ni peor. Soy única y diferente.

Vivo entre mundos. A veces, me llevan de viaje mientras duermo y el aterrizaje de regreso no siempre es suave.

Trabajo entre mundos. Muchos de mis libros, videos, meditaciones o audios, son canalizaciones y transmisiones; generalmente de Dios directamente o de la Madre María.

Sirvo entre dimensiones. Puedo alcanzar energéticamente a una persona sin importar en que lugar del planeta viva, ya sea para darle alivio, guiarla, transmitirle un mensaje o acompañar su proceso. A veces, no es voluntario, puedo estar dando una clase virtual y absorber las energías y emociones del alumno. Porque además soy PAS (persona altamente sensible).

Puedo llegar al corazón de las personas y recordarles la magia de su alma con las historias que escribo y leo.

Puedo despertar la belleza dormida en las personas con un poema.

Mí voz puede relajar, inspirar, calmar o brindar un espacio seguro para quien lo necesita.

Mi vocación de maestra (docente) puede hacer que el concepto más difícil se vuelva un juego de niños y puedo lograr que cada alumno o aprendiz descubra talentos y habilidades dormidas.

Puedo hacer alquimia en la cocina y aliviar una dolencia física o emocional con un plato de comida, una tisana o una taza de leche dorada.

Puedo convertir en amuleto o talismán, una manta tejida, un collar, una tiara, un mazo de cartas o una pulsera intencionada.

Acaso, mi trabajo como traductora e intérprete de inglés, fue mi primer Puente entre mundos, entre culturas y formas de pensar. Porque para ser bilingüe hay que salirse del yo individual y colectivo y pensar como el otro. Se piensa y se comunica paralelamente en dos canales diferentes al mismo tiempo.

La sirena no es solo un mito, es un arquetipo.

Yo, a veces tengo más alas que pies.
Otras veces mis aletas me mueven hacía aguas profundas.
Por eso, no siempre puedo caminar fácilmente con los pies en la tierra como cualquier pedestre.

🧜🏻‍♀️🦋
Susannah Lorenzo
Tejedora de Cielos

Puedes leer sobre mí última experiencia en la arena en esta entrada de Blog.


martes, 1 de marzo de 2022

El mito del fracaso

 Muchas personas nos embarcamos en cambios de hábitos o incorporación de otros, luego de inspirarnos con la lectura de un artículo, escuchar una charla o ver un vídeo motivacional.

Suele pasar que a los pocos días se nos acaba la constancia y nos culpamos o castigamos por no haber podido hacer los deberes al pie de la letra, tal como lo indicaba una persona que parece ser mucho más exitosa que nosotros.



¿Por qué fracasamos y carecemos de constancia?

  • Puede ser porque nuestro ego intenta sabotear cualquier cambio que implique salir de nuestra zona de confort, aunque esa zona sea un pozo oscuro de miseria.
  • A veces, lo que estamos haciendo, la modalidad, el ritmo, la esencia o la receta que estamos aplicando, no resuena con nosotros, con nuestro interior.  Lo hacemos mentalmente, siguiendo las indicaciones de otras personas, pero somos diferentes y vibramos en otra sintonía.
  • Muchas veces fracasamos porque no vemos resultados en el corto plazo y la urgencia de nuestras necesidades o nuestro nivel de ansiedad, cree que lo que hacemos no funciona para nosotros.
  • Nuestras condiciones mentales y emocionales no son propicias para el tipo de ejercicio o práctica que estamos realizando.
  • El nivel de agobio, estrés o trauma que estamos sufriendo, nos impide conectar con la dinámica propuesta.

 

Cada persona vive una realidad distinta y los ejercicios  o prácticas propuestas están diseñados en un entorno y una situación que no es la nuestra, puede parecerse o no, pero las condiciones individuales pueden afectar el éxito de lo que intentamos lograr.

 

En el caso en que una persona está en modo supervivencia, ya sea por situaciones extremas del lugar donde vive (guerras o catástrofes naturales) o por circunstancias de pobreza que le impiden alimentarse adecuadamente; esa persona no tendrá la claridad mental, ni la actitud positiva que determinados ejercicios nos exigen.  Las situaciones traumáticas, la falta de alimentación adecuada, la falta de descanso físico y mental y el estado continuo de alerta, afectan la química del cerebro, el rendimiento físico e intelectual y por ende el estado emocional de las personas.




¿Estoy fracasando?

Tengo que analizar en base a qué parámetros estoy midiendo mi fracaso.  No puedo medir mi evolución, mis logros y mi porcentaje de cambio en base a la vida de otras personas.

Tengo que mirarme, contemplarme y medir los resultados en base a lo que yo era una semana atrás, lo que podía hacer ayer y lo que fui hace dos años.

Si yo me castigo, me culpo y me maltrato en mis pensamientos por no haber cumplido con el número de veces que debía escribir una afirmación, entonces, de nada habrá valido el intento.

Si yo me valoro, me celebro y me honro por los pequeños logros, por haberme animado a hacer algo que antes no hacía, por hacer el intento y por haber logrado sacar mi mente de la turbación durante al menos tres minutos, entonces, habré tenido éxito.


Es la actitud, la intención y el sentimiento lo que determina que yo pueda lograr cambiar mi campo energético, mis vibraciones y por ende mi realidad.

 


 

En la vieja escuela de los profesores de gimnasia o entrenadores, la clase de gimnasia era efectiva si te dolía todo el cuerpo y quedabas exhausto.  No es así, el esfuerzo físico sumado al estrés mental y a la disciplina exagerada que nos convierte en padecientes, resulta en una actividad que terminamos detestando y para la que nuestro cuerpo buscará una y mil maneras de resistirse.

En cambio, si cuando voy al gimnasio, a una clase de zumba o una clase de Tai Chi, lo disfruto, puedo desconectar mi mente y hago lo que puedo desde mis condiciones físicas y mi nivel de flexibilidad y coordinación, sentiré la necesidad de multiplicar la frecuencia y la duración; me haré el tiempo y provocaré las condiciones necesarias para participar de esos encuentros.



Considero que lo mismo pasa con las afirmaciones, la meditación, la escritura terapéutica, el Tapping (EFT) o la repetición de mantras. 

¿Tengo que educar a mi ego?  -- Si.

Pero todo lo que hago debe ser amorosamente, con compasión, con ternura y con paciencia sin descuidar las condiciones externas que me rodean o las situaciones personales que pueda estar atravesando.

El maestro, el coach, el gurú, la terapeuta o quien nos guía detrás de una pantalla o detrás de un libro, desconoce totalmente nuestra realidad, nuestro metabolismo, nuestros ciclos, nuestras limitaciones, nuestros traumas, nuestras debilidades y fortalezas, nuestros conflictos emocionales o nuestras condiciones de salud.

Somos nosotros, quienes responsablemente debemos conocernos, reconocernos, aceptarnos y adaptar cualquier práctica o ejercicio a nuestra realidad.

Es mejor escribir una afirmación por día, disfrutando amorosamente de lo que hago, con atención plena en lo que escribo y en el dibujo de la caligrafía; que haber escrito 10 afirmaciones con la mente divagando vaya a saber dónde, cumpliendo de forma automática y ausente una tarea que hicimos como un deber escolar que se debe presentar para obtener una buena calificación.




Experiencia personal

Solía estresarme por cuántas veces realizaba un ejercicio o cuántos días lograba sostener una práctica.  Eso me quita paz y me llena de culpas que pueblan mi mente de pensamientos negativos.

Las circunstancias que me ha tocado vivir en los últimos años han deteriorado mi salud física, mental y emocional.  No siempre tengo el mismo rendimiento, no siempre puedo pensar con claridad.  Muchos días, muchas semanas, sobrevivo en modo cactus (bajo consumo), preservando la poca energía de que dispone mi cuerpo para lo imprescindible.  Sigo el ritmo que impone mi cuerpo, porque es la única manera de que mi salud no se complique aún más.

Tengo muchos recursos, prácticas y ejercicios que me gusta hacer, pero no siempre tengo el ánimo o la predisposición; no siempre logro estar presente.

Mi objetivo es cultivar la paz interior y lograr cambiar mi vibración y mi campo energético para manifestar una realidad diferente  a la que vivo.




Hace más de una semana, una buena amiga me recordó el método Tesla del 3-6-9, en el que escribes la misma afirmación 3 veces por la mañana, 6 veces durante el día y luego 9 veces antes de dormir.

No empecé en la mejor de las semanas, estoy débil, tengo dolores de cabeza casi a diario y el modo cactus reduce la cantidad de horas que estoy activa.  Al principio, comencé con mucho esmero y determinación.  Luego entré en la espiral de culpa y castigo (mental) por no ser capaz de lograr algo tan sencillo.

Me di cuenta a tiempo y adopté otra postura.  He flexibilizado mis exigencias. Algunos días solo cumplo el primer paso, otros días los dos primeros y solo un par de veces llego hasta el tercer paso.

Sin embargo, he coloreado mandalas, he hecho ejercicios de respiración con cristales en los chakras y me he permitido hacer aquello que me hace sentir bien aunque aparentemente no sea productivo ni conduzca a nada.




En un mundo que demanda y exige productividad 100%, los tiempos de ocio y placer se consideran un desperdicio.  Sin embargo, una persona que ha descansado correctamente, que siente placer y disfruta lo que hace, que ríe y que siente paz en su corazón y en su mente, es mucho más productiva a la hora de sentarse a trabajar; y está en mejor preparada para enfrente las dificultades y frustraciones propias de la vida.

Creo que lo que importa al terminar el día, no es cuántos ejercicios hicimos o con cuántos deberes y pendientes cumplimos, sino qué tan a gusto nos sentimos con nosotros mismos.  Lo que importa al apoyar nuestra cabeza en la almohada, es si nuestro corazón siente gozo y paz, si nuestra mente está despejada y nuestro cuerpo es capaz de relajarse para descansar.

Susannah Lorenzo©

Tejedora de Puentes




Te invito a ver este Vídeo donde hablamos de por qué muchas veces creemos que las Terapias Holísticas no funcionan.

 Nota: Yo no soy Tesla, ni la Madre Teresa, ni Louise Hay, ni el Chamán que me inspira cuando lo escucho.  Yo Soy Susannah Lorenzo.  Tú no eres yo ni ninguna de las personas que te inspiran o a las que admiras.  No existe una receta única, un método no aplica de la misma manera para todas las personas. Cada quien debe encontrar su ritmo y adaptar la receta según sus recursos y posibilidades.


sábado, 1 de agosto de 2020

De emisarios y fracasos

Dios ya me conoce, sabe que sigo padeciendo cada vez que necesito ayuda y que aunque esté en modo bajo consumo y con dieta de guerra, no pido ayuda explícitamente ni puntualmente a ninguna persona.  No es orgullo, como me dijo alguna vez un sacerdote; es que vengo de malas experiencias en la vida e historias familiares, donde generalmente, además de dar explicaciones de por qué una necesita ayuda, hay que rendir cuenta de cómo y en qué gasta la ayuda y estar dispuesta a recibir precisas instrucciones de qué hacer con nuestra vida, porque el que ayuda, se adjudica derechos de intervenir e interferir.



Por eso, cuando Dios me ve ahorrando energías y haciendo equilibrio para seguir trabajando, envía algún emisario: un amigo, un conocido de las redes, un desconocido o un alma caritativa que pregunta un día cualquiera si estoy bien, si necesito algo, o se ofrece a compartir una charla y unos mates.

Suelo decir que 'no' en la primera instancia, es que siempre creo que yo voy a poder resolver todo o que Dios proveerá (aunque ese 'Dios proveerá' sea dentro de mis expectativas de realidad).  Tarde o temprano, recuerdo el chiste del sacerdote que murió ahogado en el campanario de la iglesia, cuando todo el pueblo se había inundado, porque rechazó las tres barcas que pasaron a rescatarlo, convencido de que Dios iba a salvarlo (a su manera, a la manera que el sacerdote esperaba). Entonces, escribo un mensaje o hago una llamada y digo: si, necesito una charla y unos mates.

A veces, somos tan bendecidos que el emisario lee entre líneas, entonces, cuando una le pide humildemente a esa amiga paciente si puede traer unas tortitas para el mate, ella entiende todo en una sola oración y en vez de tortitas, trae pan de salvado (del que me hace bien) y mermeladas y caseras, y deja en la alcancía de la Virgen, suficiente dinero para comer bien unos cuantos días.

Y esa ayuda, los billetes generosos, la merienda consciente de mis problemas de salud y la libertad de elegir qué comprar con su contribución/caridad, no sólo ayuda a que mi cuerpo se recupere sino que me llena el corazón de luces y esperanza y restituye mi dignidad.



Cuando las personas ayudan, generalmente, traen una bolsa con lo típico: arroz, fideos, aceite, azúcar y yerba.  No importa si eso que trae la bolsa es bueno o perjudicial para la salud de la persona, 'si es pobre y tiene hambre puede comer cualquier cosa'.  Además, llevando mercadería la gente 'se asegura' de que la persona no 'malgastará' el dinero o realmente usará la ayuda para cosas importantes.

Solo quien ha pasado hambre o ha sobrevivido en modo dieta de guerra, sabe el valor que tiene una buena comida, un 'exceso permitido' de algo que compense tanta carencia y tanta privación.  Ese gasto extra, esa comida abundante y rica, se vuelve un regalo para los sentidos y nos llena de esperanza de que si lo seguimos intentando, volverá a suceder pronto.  En cambio, si uno continúa a sopa y pan todos los días, para alargar la duración del dinero recibido, hay un desgaste, un agobio y una desesperanza de sentir todos los días la misma miseria.  

Tal como dicen las leyes energéticas y los gurúes de la nueva era, para dejar de ser pobre hay que dejar de pensar y vivir como pobre.  Se hace casi imposible cambiar la vibración cuando uno come mal, duerme mal y su cerebro funciona en modo reducido por la mala alimentación.



Yo también, a pesar de conocer la carencia y la pobreza, muchas veces juzgo y cuestiono (hábito adquirido desde pequeña).  Cerca de la verdulería donde compro, hay un asentamiento de 'ranchos' de adobe, plástico, chapa y trapos.  Están colgados de algún cable de electricidad sin medidor, tienen antena de Direct TV y cuando van a comprar al mismo lugar que yo, compran cerveza.  Los días en que estoy amarga y negativa, se me sale la prejuiciosa de cuna; parte de mi juicio surge de la frustración de que yo no tengo televisor ni servicio de televisión para ver películas, y parte de mí, cuestiona, como lo haría toda mi familia, que compren cerveza todas las semanas, cuando muchas veces piden huesos para la sopa, gratis en la carnicería.

Tenemos diferentes niveles de consciencia.  El hombre que siempre compra cerveza o la manda a comprar, va siempre por el barrio de buen humor, ofreciéndose para hacer changas y charlando con los vecinos, con una sonrisa bien puesta.  Si me miro en la vidriera, suelo ir con el ceño fruncido, preocupada por los números rojos, la conexión precaria de electricidad y dirimiendo entre comprar algo rico para un día o comprar a lo pobre para tres días.  Así como yo no estoy en sus zapatos rotos y gastados, y no sé lo que siente ni cómo vive detrás de las paredes de adobe y las chapas oxidadas; del mismo modo, quienes me juzgan o evitan ayudarme o acercarse en mis malas épocas, tampoco saben cómo me siento, cómo vivo y qué necesidades físicas, emocionales y afectivas puedo llegar a tener.


Cuando una persona se siente feliz, hace algo que la pone contenta, se permite disfrutar, se siente digna, respetada y valorada, es probable que pueda más fácilmente cambiar su vibración y su forma de mirar la vida.  Entonces, cuando una cambia la forma de mirar la vida, todo se pone más bonito.

Soy mujer de decisiones drásticas con poca resistencia para las agonías.  En mi trabajo y en la vida, prefiero calidad y no cantidad, prefiero intensidad y profundidad y no luces de neón.  En la vida y en mi salud, prefiero calidad de vida y no cantidad de días.  Estoy convencida que cada cosa que hago para disfrutar y vivir bien este día que me toca, me dará más chances de tener un buen día mañana.  Como mujer con enfermedades crónicas, una aprende a valorar el presente, el momento sin dolor, el instante de placer, las sensaciones que sanan y las emociones que alivian.

Soy una niña esponja viviendo en una mujer de casi 56, un ser hipersensible con memorias ancestrales de las estrellas, una burbuja de energía con radares activos que alcanzan confines geográficos que ni yo reconozco; una machi llena de intuición y sabiduría de la madre tierra que sabe qué tisana recomendar; un templo donde Dios elige predicar sus mensajes; una brisa de ruda y flores silvestres que dejan rastros de bendición y abundancia en cada sitio que pisa; un remanso, un refugio, un poema, un puente y un faro en las tormentas.



Solo Dios sabe todo lo que intento, todo lo que hago y todo lo que dejo de hacer para aprender a fluir con la Abundancia del Universo.  Seguramente, aún no comprendo cuál es la lección y por eso vuelvo una y otra vez a la misma situación, en diferentes grados y con diferentes dificultades.

Como mujer que ha pasado sus casi 56 años con síndrome de Madre Teresa con injerto de Mujer Maravilla, no poder ser autosuficiente, y valerme por mi misma sin tener que pedir ninguna ayuda, se parece bastante a tener una falla cósmica que me impide conseguir para mi misma lo que se me da fácil para ayudar a los demás.

Si estás cansado/a de leer sobre mis miserias, dificultades económicas y otras vicisitudes, entonces quizá, deberías dejar de seguir mis perfiles en las redes sociales. 2019 fue difícil, muy difícil.  Mi vida nunca fue fácil, y 2020 no parece muy prometedor cuando está por comenzar agosto.

No exijo ni espero ayuda específicamente de ninguna persona en particular.  Cuando pido ayuda, lo hago al universo, a Dios y a mi Ángel de la Guarda.  Se que Él, en su infinita sabiduría elegirá los emisarios correctos; he aprendido a trascender el mensajero.

Como dice una de mis frases por ahí, 


'Pedir públicamente ayuda es no solo un acto de Fé, sino una valentía absoluta para buscar a Dios en rostros humanos.'



Gracias a quienes colaboran de forma anónima.
Gracias a quienes escriben para preguntar cómo pueden ayudar.
Gracias a quienes con su cariño y sus bendiciones, soplan vientos Alisios en mis velas gastadas.
Gracias a quienes difunden, comparten, comentan, comprenden y valoran mi tarea.
Gracias a quienes celebran mis dones y talentos.
Gracias a quienes aceptan ser emisarios de Dios.

Susie
Susannah

La realidad sin anestesia:

  • Números rojos: mejor no los contamos.
  • Meses de alquiler pendientes: junio, julio y agosto.
  • Servicios pendientes: junio, julio y agosto.
  • Situación del medidor de electricidad: aún sin resolver.
  • Garantes disponibles para generar un contrato de alquiler: 1
  • IFE (Ingreso familiar de emergencia): lo he recibido, pero no es como confunden los medios, se ha pagado cada dos meses (el sistema tarda dos meses en procesar todos los pagos y todas las semanas está anunciando algún calendario para confundir a la gente). Cada IFE de 10000 ARS me alcanza solo para un mes de alquiler y alguna boleta de servicios. (no siempre completa)
  • Si vendiera todo lo que tengo en stock (pequeña tienda y libros) y mantuviera un ritmo de ventas mensual, podría comenzar a ordenar los números.
  • Aunque mis vídeos en YouTube monetizan, aún no llego a USD 100 para poder comenzar a cobrar.  Como la situación económica y de salud ha estado complicada y aún no tengo internet en la computadora, la frecuencia de vídeos ha disminuido y por ende el tráfico también.


Nota adicional:
Intento, pruebo, trabajo, aprendo, leo, investigo, medito, hago terapia conmigo misma y busco siempre expandir mi consciencia y saltar de mi zona de confort. Si hubiera descubierto la manera de lograr que la Abundancia fluya constantemente en mi vida, ya lo hubiera hecho.  Como siempre digo y escribí más de una vez, si hay por ahí algún coach, maestro o terapeuta que está 100% seguro de que su método funciona, lo desafío a que lo aplique conmigo y con gusto retribuiré el favor cuando la Abundancia y Yo logremos ser una con el Universo.





I m p o r t a n t e





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